9 Respuestas sociales y culturales al delito
9.1 Introducción
A estas alturas ya hemos examinado muchos de los objetos tradicionales de estudio de la criminología. Hemos estudiado el delito como acto o evento (Capítulo 4); nos hemos preguntado quién lo comete, ya sea una persona Capítulo 5) o toda una organización, una empresa o un Estado (Capítulo 6); nos hemos puesto del lado de quien lo padece (Capítulo 7); y hemos visto de qué modo le responde la maquinaria estatal y las instituciones de control penal (Capítulo 8). Con todo eso podría parecer que ya hemos terminado de cartografiar el mapa de los objetos de estudio de la criminología. Tenemos el hecho, sus protagonistas y el aparato institucional oficial que se pone en marcha cuando algo ocurre. Y sin embargo falta una pieza fundamental, lo que la sociedad hace con el delito al margen de esa maquinaria, cómo lo vive, lo interpreta y lo cuenta. Recordad el experimento filosófico: “Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido?”. ¿Podemos entender el delito sin atender a cómo lo oye y lo interpreta la sociedad?
El delito no es un evento objetivo que acontece únicamente en la calle o dondequiera que ocurra. Transcurre también en el telediario, en el grupo de WhatsApp del vecindario, en la charla de sobremesa y en esa sensación de inseguridad que una puede llevar encima al volver de noche a casa. La sociedad no se limita a sufrir el delito como hecho acotable a unas coordenadas espacio temporales, sino que lo percibe, lo teme, lo relata, lo interpreta y responde a él de forma colectiva. Y lo que nos interesa abordar en este capítulo es que esa lectura colectiva no es un ruido ajeno alrededor del delito “de verdad”, es, ella misma, un objeto de estudio científico. El miedo que no se ajusta al riesgo real, la alarma social que a veces se dispara aunque las tasas de delito bajen, la imagen del delincuente que nos hemos formado sin haber presenciado nunca un delito, nuestro imaginario sobre la actuación policial, todo ello se puede medir, investigar y discutir, y la criminología lleva décadas haciéndolo.
Vista desde este nuevo ángulo, la delincuencia deja de ser un simple suceso (algo que pasa en un lugar y a una hora) para volverse además un fenómeno cultural y social, un asunto cargado de emociones, de imágenes y de significados que hablan tanto de la sociedad que los produce como del hecho en sí. Este capítulo recorre varios de esos objetos, cada uno con su propia tradición de investigación detrás. Veremos el miedo al delito y de qué está hecho en realidad; el papel de los medios en la construcción de la realidad delictiva y en la fabricación de pánicos; la demanda social de castigo, y por qué arrecia aunque el delito no aumente; y, para terminar, daremos unas breves pinceladas del enfoque que coloca la emoción y el sentido en el centro del análisis, la criminología cultural. Reunirlos aquí es una forma de ensanchar el catálogo de lo que la criminología considera de su incumbencia, no solo el delito y quienes lo protagonizan, sino también la vida social y simbólica que lo rodea.
9.2 El miedo al delito
9.2.1 La “invención” del miedo al delito
Si algo muestra la historia social del miedo, es que lo que nos ha podido generar terror en el pasado, no es necesariamente lo que genera miedos y ansiedades hoy en día. El miedo es una respuesta básica y emocional ante una amenaza o peligro percibido que siempre ha estado con nosotros, sí, aunque no siempre tiene los mismos desencadenantes. No es una realidad natural y fija, la misma en cualquier época, sino algo que cada tiempo siente a su manera y organiza a su modo.
El historiador francés Jean Delumeau (1978) reconstruyó cómo el Occidente de comienzos de la Edad Moderna vivió angustiado por miedos colectivos (la peste, el diablo, el fin del mundo) que la propia cultura y la Iglesia se encargaban de nombrar y administrar para regular la cohesión moral y mantener la disciplina social. Joanna Bourke (2005) estudió estos procesos hasta los siglos XIX y XX y mostró que aquello que una sociedad teme cambia con el tiempo. Ella mostró cómo el miedo pasó de ser una ansiedad cósmica/espiritual a una física y secular (el miedo a ser enterrado vivo, el miedo al tren, el miedo a la guerra nuclear y el miedo a los delitos violentos). Bourke también sugiere que expertos, medios y políticos tienen mucho que ver en decidir cuál es el miedo del momento (Bourke 2005). Y, desde la filosofía política, Corey Robin (2004) nos recuerda que el miedo nunca ha sido solo una emoción privada, sino también una idea y una herramienta políticas, un recurso para gobernar que viene de Hobbes en adelante. En su trabajo documenta como el miedo no es solo una reacción a amenazas reales, sino que a menudo es una herramienta fabricada por las élites para preservar las jerarquías sociales y mantener la autoridad.
Al miedo al delito hay que situarlo, por tanto, dentro de esta historia social general de nuestros medios. Como objeto de estudio social y criminológico (algo que se define, se mide y se investiga), el miedo al delito es relativamente reciente. Nace en un sitio y en una época bastante precisos, los Estados Unidos de finales de los años sesenta.
Podemos situar el comienzo de esta historia al momento en que se comienzan a desarrollar las primeras encuestas de victimación. Hasta entonces el delito se medía casi solo con las estadísticas de la policía, y a lo largo de los años sesenta fue creciendo la sospecha de que esas cifras se dejaban fuera muchísimo delito, el que nunca llega a denunciarse, la llamada cifra negra. Para medir mejor la delincuencia, en Estados Unidos se empezó a preguntar a la gente directamente, casa por casa, si había sido víctima de algún delito. Es así como surgieron las primeras encuestas de victimización, hacia 1965 (Biderman et al. 1967; Reiss 1967; Hindelang 1976). Y al preguntar por la experiencia del delito, esas encuestas tropezaron con algo que no iban buscando de forma particularmente deliberada, el tamaño de la preocupación ciudadana por el crimen. Por primera vez se le podía poner un número a lo asustada que estaba la población. El miedo al delito apareció en el radar, en buena medida, porque se había construido un radar capaz de detectarlo.
Este “descubrimiento” no fue solo cosa de encuestas. Como la propia historia social del miedo en general sugiere, la “aparición” del miedo al delito hay que entenderlo dentro de un determinado contexto socio-político. En aquellos años el delito se había vuelto en Estados Unidos un asunto político de primer orden, que enfrentaba dos visiones del mismo y su control. De un lado, el programa reformista de la “Gran Sociedad” del entonces presidente Lyndon Johnson veía el delito como síntoma de males sociales (pobreza, vivienda indigna, exclusión); su comisión de expertos, que en 1967 publicó el informe titulado El desafío del delito en una sociedad libre, llegó a sostener que pretender controlar el delito solo con policías, tribunales y prisiones era negarse a admitir que el aumento de la delincuencia delata el fracaso de toda una sociedad (Medina 2011). Del otro lado, y como veremos en más detalle en el capitulo sobre política y delito, iba adoptando forma una política de “ley y orden” que proponía lo contrario: más poder para la policía, penas más severas, y mano dura contra los sospechosos de haber cometido delitos. Richard Nixon tituló su documento de campaña sobre el delito Hacia una libertad sin miedo (Toward Freedom from Fear, 1968), tomando de Roosevelt la idea de la ‘libertad frente al miedo’. En ese mismo clima de fuerte debate nacional sobre el delito y las protestas urbanas, el Congreso aprobó un mes después la Ley de Control del Crimen y Calles Seguras de 1968 (Omnibus Crime Control and Safe Streets Act of 1968). El primer libro que puso el “miedo al delito” en su título, de Richard Harris (1969), cuenta precisamente cómo ese miedo se fue fabricando, en parte, en los despachos y en los mítines.
De ahí una idea que Murray Lee (2001) ha desarrollado con detalle, el miedo al delito no era un fenómeno que estuviera ahí esperando a que la ciencia lo descubriera. Es, en buena parte, un objeto que se fue produciendo a la vez que se lo medía y se lo nombraba. Las encuestas no se limitaron a retratar un miedo que ya existía; ayudaron a darle forma, a convertirlo en una cosa contable y gobernable sobre la que tenía sentido pedirle algo al Estado. Lejos de restarle interés, esto es lo que lo vuelve un objeto de estudio tan revelador. Cuando investigamos el miedo al delito estudiamos, tanto o más que al delito, a la sociedad que teme, que lo mide y que hace política con él.
A Europa, y a España, el miedo al delito llegó un poco más tarde y por esa misma puerta, la de las encuestas. El Reino Unido lideró el movimiento de investigación en Europa. En 1982, el Ministerio del Interior británico puso en marcha la Encuesta Británica sobre Delincuencia (BCS, por sus siglas en inglés) (actualmente Encuesta sobre Delincuencia para Inglaterra y Gales). Fue la primera encuesta nacional a gran escala en Europa diseñada para medir la ansiedad pública ante la delincuencia, junto con las tasas reales de victimización. La investigación europea se expandió internacionalmente con el lanzamiento de la Encuesta Internacional sobre Víctimas de Delitos (ICVS, por sus siglas en inglés) en 1989. Desarrollada por criminólogos europeos (en particular de los Países Bajos y el Reino Unido) junto con socios internacionales, la ICVS permitió a los investigadores comparar el miedo al delito en diferentes naciones europeas utilizando, por primera vez, preguntas estandarizadas. A día de hoy es la Encuesta Social Europea el principal instrumento que tenemos para entender como varía el miedo delito en nuestro continente.
El miedo al delito sigue siendo hoy un tema de considerable debate académico. Buena parte de la criminología contemporánea ha adoptado una visión mucho más crítica del mismo frente a los planteamientos iniciales y propone mirar más allá de lo que el término implica, hacia las inseguridades difusas de la vida cotidiana y el sentirse o no en casa en el propio entorno, en tiempos de incertidumbre (Loader et al. 2023).
9.2.2 El miedo al delito como expresión de otros malestares
Las primeras encuestas de victimación a las que hemos aludido sacaron a la luz resultados sobre la distribución social del miedo al delito que han organizado buena parte de la investigación posterior (Hale 1996) y que casi nunca dejan de sorprender a quien lo encuentra por primera vez, el miedo no se corresponde con el riesgo. Los primeros resultados de encuestas revelaron una tendencia importante conocida como la paradoja riesgo/miedo (risk/fear paradox): los grupos demográficos con riesgos estadísticamente menores de victimización (como los ciudadanos mayores y las mujeres) a menudo reportaban los niveles más altos de miedo, mientras que los grupos con mayor riesgo (como los hombres jóvenes) reportaban menos. Cabría esperar que temieran más quienes más probabilidades tienen de ser víctimas, y aparentemente ocurre a menudo lo contrario. El perfil con más papeletas de acabar en una pelea a la salida de un bar, un hombre joven, es de los que menos miedo declaran; mientras tanto, una persona mayor, que sale poco de noche y es víctima con mucha menos frecuencia, suele declarar bastante más miedo. Se comenzó así a cobrar conciencia de que el miedo al delito es un problema social distinto, separado del delito en sí. Tiene vida propia, y por eso merece estudiarse por sí mismo.
¿Y si el miedo también ha bajado?
Una idea muy repetida, dentro y fuera de la criminología, dice que el delito cae pero el miedo se queda alto. La evidencia reciente la matiza. Reuniendo unas 1.100 series de datos de 121 países entre 1989 y 2015, Eysink Smeets y Foekens construyeron un índice internacional de tendencia y encontraron una caída acusada del miedo en cuatro de las cinco grandes regiones con más datos, todas en Europa y el mundo anglosajón (2018). En Inglaterra y Gales, la preocupación por el delito descendió de forma sostenida entre 1998 y 2019, y la propia brecha entre hombres y mujeres se estrechó en los delitos que implican contacto físico (Pohl y Buil-Gil 2024). Hay que separar dos planos para no liarnos. Que quien más teme no sea quien más riesgo corre, un desajuste entre unas personas y otras, sigue siendo cierto; pero, a lo largo del tiempo, el miedo tampoco se ha quedado congelado en lo alto, sino que ha acompañado a la bajada del delito.
¿De qué está hecho el miedo, si no está hecho del riesgo objetivo de victimación? Ayuda aquí el trabajo de Jonathan Jackson y su equipo en la London School of Economics (2004), que propone entender buena parte de este miedo como expresivo. Para mucha gente, hablar del miedo al delito es una manera de hablar de otra cosa. El delito hace de pantalla donde se proyectan inquietudes más difusas y más difíciles de nombrar, como la sensación de que el barrio se degrada, de que las normas se relajan, de que el mundo que una conocía se nos escapa entre los dedos. Temer al delincuente es una forma concreta, y por eso más manejable, de temer al cambio.
Debajo late la idea de la seguridad ontológica (Giddens 1991), esa confianza básica en que el mundo es más o menos previsible, en que mañana se parecerá a hoy, la que nos deja salir a la calle sin angustiarnos a cada paso. Cuando esta seguridad ontologica se resquebraja, aflora una inquietud que necesita agarrarse a algo, y el miedo al delito le ofrece un objeto con cara y ojos: el ladrón, el extraño, el que merodea.
Zygmunt Bauman1 (2000) situó todo esto en un diagnóstico más amplio, el de la modernidad líquida . Este sociólogo mantiene que vivimos en un mundo donde lo que antes era sólido (el empleo para toda la vida, la pareja para siempre, el barrio de siempre) se ha vuelto provisional, revocable de un día para otro. Lo resume en una palabra alemana, Unsicherheit, que junta lo que en castellano son conceptos separados: inseguridad, incertidumbre y desprotección. Esa desazón busca dónde posarse, y el delito le sirve, porque temer al que merodea en la esquina resulta más llevadero que temer a la precariedad de una vida entera, que no tiene rostro. Digamos que Jackson describe el mecanismo y Bauman nos ofrece un marco para entender por qué hoy este miedo expresivo podría estar tan desbocado.
Aunque originadas en el contexto anglosajón estas ideas han sido exploradas en otros contextos. En Chile, por ejemplo, Lucía Dammert (2003) encontró que lo que mejor predice el miedo al delito no es haber sido víctima, sino un conjunto de inseguridades económicas, sociales y políticas, más un miedo a la vida que un miedo al delito. Que el patrón aparezca también en América Latina lo refuerza y lo acerca a nuestro contexto. Investigaciones recientes en Francia también encuentran ese mismo patrón experiencial y expresivo como relevante para entender el llamado miedo al delito (Noble y Jardin 2025).
Hay además un disparador del miedo algo más terrenal y muy estudiado por la criminología, el desorden percibido. Mucha gente calibra la seguridad de su calle leyendo “señales de desorden” (una pintada, la basura, un grupo de chavales en una esquina, un portal abandonado) más que estadísticas. Y esa lectura no es neutra, porque se tiende a ver más desorden donde hay más presencia de minorías o de pobreza, aunque el desorden “objetivo” sea el mismo, ya que el prejuicio tiñe lo que se mira (Bradford et al. 2025; Sampson y Raudenbush 2004). El desorden, como el miedo, está en parte en el ojo del que mira, y ese ojo arrastra los sesgos de su sociedad.
Y ese sesgo tiene una dirección preferente. La inquietud difusa ante el cambio rara vez se queda en el aire; se condensa en una figura con rostro, y ese rostro suele estar racializado, el del otro, el extraño, que en cada época y lugar tiene un color y un origen concretos. Esa asociación actúa a veces de forma inconsciente. En una serie de experimentos, Jennifer Eberhardt (2004) mostró que basta con activar la idea de delito para que la mirada de la gente, también la de agentes de policía, se desplazara hacia las caras de hombres negros, y a la inversa, que ver una cara negra dispara pensamientos de crimen y amenaza. Negro y delito, o inmigrante y delito, parecen venir soldados de fábrica en el imaginario de muchas sociedades.
Esa soldadura tiñe la percepción del peligro. Cuando se ha medido, tanto el delito que la gente cree que hay en un barrio como el miedo que declara suben con la proporción de vecinos negros o inmigrantes, aunque el delito real no cambie; la composición del vecindario predice la percepción del nivel de delincuencia mejor que las cifras sobre el nivel de delincuencia real (Quillian y Pager 2001; Chiricos, Hogan, y Gertz 1997). El supuesto miedo al delito, una vez más, tiene un componente de amenaza imaginada que en realidad nos habla más del miedo al “extraño” que del miedo al delito.
En Europa, y en España, ese otro es sobre todo el inmigrante, y no por casualidad. La sospecha del inmigrante como criminal tiene raíces históricas profundas que han sido señaladas por los investigadores (Steinmann y Hock 2025), pero que se aviva o se apaga según inflame o no la política. Donde los partidos de extrema derecha presentan la inmigración como una amenaza, la sensación de inseguridad de la población sube, y la exposición a las noticias la amplifica todavía más (Rivera y Piatkowska 2024). Ese encuadre mediático del inmigrante como delincuente viene de lejos y se ha intensificado con los años; numerosos estudios muestras que la prensa retrata de forma sistemática al inmigrante como especialmente propenso al delito (C. T. Harris y Gruenewald 2020), pese a que la investigación comparada más solvente no encuentra que la inmigración dispare el delito; cuando aparece alguna asociación, se explica por las barreras del mercado laboral que empujan a ciertos colectivos, no por su origen (Marie y Pinotti 2024). El inmigrante como delincuente es, en buena medida, un personaje del imaginario, no una regularidad observada en los datos de delincuencia.
No obstante todo lo señalado, que buena parte del miedo al delito exprese inquietudes más amplias no significa que todo él sea humo, ni que no exista un miedo real y concreto al delito. Distinguir lo uno de lo otro resultó ser, sobre todo, un problema de medición.
9.2.3 ¿Podemos hablar de un miedo específico al delito?
Durante años, casi todo lo que sabíamos del miedo al delito venía de una o dos preguntas de encuesta que, observadas con detenimiento, no preguntan exactamente por el miedo. La más habitual es alguna variante de “¿se siente segura caminando sola por su barrio al caer la noche?”, que capta más bien una valoración general de lo insegura que parece la zona, y no un episodio de miedo realmente vivido. Esa pregunta, por ejemplo, es la que aún a día de hoy realiza la Encuesta Social Europea.
¿Qué mide de verdad una encuesta de miedo al delito?
Durante décadas, las grandes encuestas midieron el miedo con un único indicador (lo segura que alguien dice sentirse en la calle de noche), que mezcla el miedo con el juicio sobre el barrio, con la cautela razonable y hasta con la costumbre de salir poco. Consciente del problema, la investigación reciente ha intentado preguntar mejor: separar la preocupación difusa de los episodios concretos y medir con qué frecuencia e intensidad se siente miedo, no solo si se siente. Dos esfuerzos destacan. La Crime Survey for England and Wales (por entonces la British Crime Survey) incorporó ya en 2003/04 preguntas sobre la frecuencia real de la preocupación, y no solo sobre su presencia (Gray, Jackson, y Farrall 2008). Y, para poder comparar países, el equipo de la London School of Economics explotó una batería de indicadores de preocupación por el delito de la Encuesta Social Europea (ronda 3, 2006), mucho más fina que el clásico “¿se siente segura de noche?” (Jackson y Kuha 2014). Medir mejor no es un capricho, de cómo se pregunte depende que el retrato social resultante.
La sospecha no era nueva; ya en los años ochenta, Kenneth Ferraro y Randy LaGrange (1987) habían advertido de que muchas de las medidas al uso confundían el miedo con la mera percepción del riesgo. Un grupo de investigadoras de la Universidad de Sheffield comprobó qué había detrás de esas respuestas preguntando a la gente cuántas veces, y cuándo, había sentido miedo de verdad (1997). Buena parte de quienes puntuaban alto en las preguntas estándar no habían tenido un solo episodio de miedo en el último año. La imagen de un país atemorizado se debía, en parte, al propio instrumento, que convertía en “miedo” lo que muchas veces era la ansiedad difusa o miedo expresivo al que aludíamos en el apartado anterior.
Cuando Jonathan Jackson y Emily Gray (2010) separaron la ansiedad difusa de los episodios concretos de preocupación (el temor a una situación puntual, en un lugar y un momento), el retrato cambió de arriba abajo. Con la pregunta estándar, alrededor de un tercio de la población de Inglaterra y Gales se declaraba preocupada por sufrir un atraco; pero, al preguntar cuántas veces se había preocupado de verdad en el último año, solo lo había hecho un 16%, apenas un 5% se preocupaba una vez al mes o más, y el 85% no se había preocupado ni una sola vez (Gray, Jackson, y Farrall 2008). Debajo de aquel país aparentemente atemorizado latía, eso sí, un miedo específico y real en una parte pequeña pero nada desdeñable de la población. Y apareció además algo que la investigación previa había pasado por alto: no todo ese miedo es dañino. Jackson y Gray distinguen un miedo disfuncional, que corroe la calidad de vida sin dar nada a cambio, de un miedo funcional, que empuja a tomar precauciones sensatas, hace que la persona se sienta más segura y no le amarga la existencia (Gray, Jackson, y Farrall 2008, 2011). En su encuesta londinense, en torno a una cuarta parte de quienes se declaraban preocupados por el delito encajaban en ese segundo tipo: su inquietud se parecía más a una manera de cuidarse que a una condena. El miedo al delito, así, no es una sola cosa: va desde quien no teme, pasa por una vigilancia de bajo nivel que hasta resulta útil, y llega a la angustia frecuente que sí incapacita.
9.2.4 Género y miedo al delito
El caso de las mujeres merece mencion especial, porque durante años generó bastante controversia en nuestra disciplina. Las encuestas mostraban una y otra vez que las mujeres declaran más miedo que los hombres y, a la vez, sufren menos delito violento en el espacio público; y esa diferencia, pequeña pero constante, se magnificó en algunas encuestas y acabó petrificada por los medios en un estereotipo facilón que reproducía los esquemas tradicionales de género: las mujeres temerosas, los hombres valientes (Gilchrist et al. 1998). Sobre ese estereotipo se levantó una supuesta paradoja (¿por qué teme más quien menos se victimiza?) que de paso aludía a la emocionalidad e irracionalidad que el patriarcado impone como caracteristicas de lo femenino.
La criminología ha dado varias respuestas a esta supuesta paradoja, y casi todas apuntan a que la paradoja es más aparente que real y que, de hecho, son un reflejo de los sesgos en la forma de mirar de la criminología que examinaremos más adelante. La primera es que las cifras engañan: buena parte de la violencia que sufren las mujeres (la sexual, y la que ocurre dentro de casa) no llega a las estadísticas porque no se denuncia, así que su riesgo real está infraestimado. No es que las mujeres no tengan en cuenta su riesgo de victimación, es que este riesgo de victimación tradicionalmente no se medía bien porque se ignoraba las formas más comunes de la misma. La segunda es lo que se ha llamado la sombra de la agresión sexual: para muchas mujeres, el temor a una violación tiñe y agrava el miedo a delitos en apariencia menores, porque un tirón o un merodeador pueden acabar en algo mucho peor (Ferraro 1995). Y la tercera tiene que ver con la vulnerabilidad, física y social: quien se sabe con menos medios para defenderse o para recuperarse del golpe teme más, y no sin motivo (Jackson 2009).
Hay una vuelta de tuerca más, que enlaza con el problema de medición que acabamos de ver. Cuando Robbie Sutton y Stephen Farrall (2005) midieron, junto al miedo, la tendencia de cada persona a dar respuestas socialmente aceptables, encontraron algo revelador: en los hombres (no en las mujeres) declarar poco miedo iba de la mano de esa tendencia a quedar bien. Dicho de otro modo, buena parte de la valentía masculina de las encuestas es pose: los hombres esconden el miedo que a las mujeres se les tolera expresar. Corregido ese sesgo, la distancia entre unos y otras se encoge, y a veces se invierte. Sumadas las dos cosas (victimización oculta y hombres que disimulan), la vieja paradoja se desinfla casi del todo. El miedo de las mujeres deja de ser un enigma irracional para leerse como lo que probablemente es: una respuesta atinada a un riesgo real, de género y mal medido, que además les condiciona la vida cotidiana de una forma mas pervasiva que a los hombres (por dónde caminar, a qué hora, con las llaves entre los dedos).
Varias autoras mantienen que ese condicionamiento no es un subproducto casual del miedo, sino, en parte, su razón de ser. Por ejemplo, la investigadora feminista Nerea Barjola (2018) analizó el caso de las niñas de Alcàsser (el secuestro, la violación y el asesinato de tres adolescentes en 1992 que conmocionaron a España) y sostiene que el relato mediático del peligro sexual no se limita a describir un riesgo, sino que lo convierte en aviso y en castigo aleccionador, y redibuja las fronteras que las mujeres “no deben” cruzar, como salir de noche, viajar solas o hacer autostop. Leído así, el miedo de las mujeres es también un producto social que disciplina su libertad y su movimiento, una microfísica del poder que actúa por debajo de la ley. Volveremos sobre ello al tratar las víctimas y la mirada de género; baste por ahora con no dar por buena del todo la vieja “paradoja”.
El caso Alcàsser en la pantalla
Para ver de cerca lo que describe Barjola hay una pieza de gran calidad, la docuserie El caso Alcàsser, dirigida por Elías León Siminiani para Netflix (2019). Reconstruye el crimen de 1992, pero su verdadero tema es cómo lo contaron los medios. El caso marca el momento en que la televisión española cambia de forma radical, a comienzos de los noventa. Es el nacimiento del morbo televisado y de la crónica negra como espectáculo, con reporteros y platós disputándose el dolor de las familias en directo, justo la tabloidización que veremos más adelante. Y muestra algo que ya hemos discutido en otros capítulos, la instrumentalización política de las víctimas, convertidas en materia prima de audiencia y de discurso mucho antes de que nadie hablara de true crime. Si queréis profundizar en estas temáticas es un documental que merece la pena visionar.
9.2.5 ¿Y España?
Somos uno de los países más seguros de nuestro entorno (las tasas de delito, y sobre todo las de delito violento, están entre las más bajas de Europa occidental), y aun así la sensación de inseguridad y el ruido público sobre la delincuencia no guardan mucha proporción con ese dato. Y parte de ese ruido es más social que personal. Cuando el CIS pregunta, los españoles tienden a nombrar la inseguridad más como un problema del país que como un problema que les afecte a ellos, un desfase entre el miedo propio y la preocupación social que Navarro y Caro llaman el “locus de proyección” (2015) y que, probablemente, es una forma de capturar esa distinción entre el miedo expresivo y el miedo real que ya hemos visto antes.
El retrato del miedo en España depende en buena medida de la vara de medir. Con la pregunta clásica, la de sentirse segura caminando sola de noche, España queda en una posición desahogada dentro de Europa, por debajo de sus vecinos mediterráneos (Figura 9.1).
Pero esa pregunta capta mal la inquietud de fondo. Cuando Jackson y Kuha (2014) aplican una medida más sofisticada, que combina cada cuánto se preocupa la gente por el delito y cuánto le afecta esa preocupación, España cambia de grupo y aparece entre los países con más proporción de personas muy preocupadas, cerca de Europa del Este y del Sur (Figura 9.2). Las dos fotos no son del mismo año ni incluyen exactamente los mismos países, por tanto no hay que leer demasiado de sus diferencias, pero no creo que sea demasiado aventurado sugerir que al menos parte de las diferencias tengan que ver con la distinta forma de preguntar.
En España hay varios equipos de investigación que han aspirado a estudiar de cerca el miedo al delito. El retrato más detallado lo tenemos de Barcelona, que mide la percepción de inseguridad con encuesta propia desde los años ochenta y cruza esas cifras con un análisis cualitativo de los discursos sobre la inseguridad. Sus conclusiones son las que ya hemos expuesto en todo este apartado, pero con datos de casa. La inseguridad que se siente no sigue a la incidencia del delito, y no se reparte por igual: se ceba con las mujeres, las personas mayores y quienes viven en condiciones más precarias, y se cruza con la racialización; y en ella pesan tanto las señales de desorden del entorno como los relatos mediáticos y políticos que circulan sobre el peligro. Y su parte cualitativa añade algo revelador. Buena parte de la gente percibe que el discurso político y mediático infla la inseguridad, la repite y la explota electoralmente, por encima de lo que vive en su día a día, y desconfía de esa imagen construida; la propia ciudadanía distingue entre el ruido y lo que de verdad siente (Sangenís et al. 2025).
A la hora de interpretar el miedo al delito y las inseguridades frente al mismo, cuesta no mirar hacia la precariedad como telón de fondo: un empleo que no se asienta, una vivienda inalcanzable, la impresión de que a la generación de los padres el mundo le encajaba de un modo que a la de las hijas ya no. Todo ello añade una capa de vulnerabilidad a nuestras ansiedades. Es la Unsicherheit de Bauman con acento español. La criminología hecha aquí ha empezado a estudiar este fenomeno con solvencia (a defender, por ejemplo, que el miedo al delito no es un simple eco de haber sido víctima, sino un fenómeno con lógica propia (Mora 2009)) y a medir lo que cuesta, porque vivir con miedo pasa factura al bienestar de quien lo arrastra (Alfaro-Beracoechea et al. 2018). Lo que aún no hemos contestado es de dónde saca ese miedo sus imágenes y sus villanos. Casi todas llegan por una pantalla, y a esa pantalla dedicamos los epigrafes siguientes.
9.3 Medios de comunicación, delincuencia y control penal
9.3.1 La imagen del delito en los medios
Casi todo lo que creemos saber sobre el delito no lo hemos visto con nuestros ojos, nos ha llegado por una pantalla. Muy poca gente ha presenciado un asesinato, un secuestro o un tiroteo; casi todo el mundo, en cambio, ha visto centenares en los telediarios, en las series, en el cine, y cada vez más capturado de alguna forma en redes sociales. Nuestra imagen del delito es, en muy buena medida, un producto de los medios, y ese producto (la realidad delictiva tal como los medios la construyen) es el objeto de este apartado. Como todo producto, está fabricado con unos criterios que deciden qué merece ser reflejado y qué no.
Esos criterios distorsionan de una manera bastante predecible. Los medios sobrerrepresentan el delito violento, sexual y espectacular, el raro, y apenas se ocupan del corriente, el hurto o la estafa, y mucho menos el delito de cuello blanco y corporativo, que causa un daño enorme pero no despierta las mismas emociones y que, cuando aparece, hasta la prensa de calidad tiende a contar como accidente o desastre antes que como delito (Horn 2024). Además, las representaciones mediáticas se centran en las causas individuales del delito, como la codicia o la ira, en lugar de en los factores estructurales (Rosenberger y Callanan 2011).
If it bleeds, it leads (si sangra es titular), se dice en las redacciones anglosajonas. El resultado es una imagen del delito que dirige nuestras ansiedades hacia determinados peligros y no otros, hacia el desconocido violento que acecha, cuando la mayor parte del daño real está en otra parte, más aburrida y peor iluminada. La distorsión no es solo de qué delitos, sino de quién los protagoniza. Los agresores y las víctimas que pueblan las noticias y la ficción son, de media, mayores y de más estatus que quienes pasan por los juzgados, y los menores aparecen sobrerrepresentados, tanto de víctimas como de autores (Greer y Reiner 2012).
Y esa distorsión tiene además un sesgo de color. En las noticias, ciertos grupos, sobre todo las minorías, aparecen sobrerrepresentados como autores de delitos violentos, lo que refuerza el estereotipo que veíamos en el apartado anterior (Bjornstrom et al. 2010). Y ese efecto no se reparte por igual. Cuando se ha medido, pesa sobre todo la televisión local, no la nacional ni internet, y muerde más entre espectadores blancos que viven cerca de más población negra o inmigrante (Baranauskas y Drakulich 2018). Los medios no inventan el miedo del apartado anterior, pero le dan de comer exactamente lo que lo engorda.
¿Por qué distorsionan justo así? No suele ser por mala fe (aunque cada vez más está presente en aquellos medios orientados a apoyar sin pudor los discursos xenofobos y deshumanizantes de la extrema derecha), sino por la lógica del propio medio y del mercado en que vive. Neil Postman lo argumentó para la televisión, y vale todavía más para el móvil. Cuando un soporte se financia captando y reteniendo la atención, todo (también la información) tiende a volverse espectáculo, y en ese terreno lo visual, lo súbito y lo que agita las emociones le gana siempre la partida a aquello que puede ser importante pero mas aburrido (1985).
A ello se suman los criterios de noticiabilidad (los valores-noticia) que interioriza cualquier redacción (Chibnall 1977; Jewkes, s. f.; Greer y McLaughlin 2023). Un suceso es más “noticia” cuanto más violento, inesperado y sexual resulte, y cuanto más demarcado sea el reparto entre víctima inocente y culpable reconocible. Repetidos a diario, esos criterios acaban dibujando casi el negativo del delito real, lo que se ha llamado una “ley de los opuestos” (Reiner, Livingstone, y Allen 2000; Pollak y Kubrin 2007; Greer y Reiner 2012).
El mercado audiovisual y periodístico, además, ha cambiado de forma muy notable. En las últimas décadas el periodismo se ha “tabloidizado”, y las técnicas y las lógicas del sensacionalismo se han extendido por todo el sector; el delito, siempre rentable, encaja como un guante en ese molde (Greer y McLaughlin 2023; Valdez-López, Romero-Rodríguez, y Hernando-Gómez 2020). España no tuvo tabloides de papel como el británico The Sun, pero el espectáculo entró por otra puerta. El giro llegó en los años noventa, cuando el fin del monopolio de TVE y la irrupción de las televisiones privadas desataron una competición feroz por la cuota de pantalla que empujó el auge del infoentretenimiento, un formato que difumina la frontera entre informar y entretener y desplaza el análisis informativo en favor del suceso, la crónica del corazón y la historia de interés humano, contados para apelar a la emoción y al morbo (García-Avilés 2021; Valhondo-Crego y Berrocal-Gonzalo 2020).
El fenómeno no se quedó en la televisión. A falta de un mercado de tabloides, la propia prensa de referencia (El País, El Mundo, ABC) absorbió esas dinámicas para no perder lectores, tanto en la forma (titulares grandes, maquetación llamativa) como en el fondo (más sucesos de alto impacto, más intromisión en la intimidad, más lenguaje hiperbólico) (Gallego y Platero 2020). El análisis de la cobertura de sucesos en los grandes diarios españoles entre 1977 y 2000 confirma ese giro hacia el espectáculo y el impacto a costa de la profundidad (Marauri, Mar Rodríguez, y Cantalapiedra 2011).
Con el salto a lo digital la lógica se ha radicalizado. La política se cuenta también como espectáculo (el politainment), con líderes tratados como celebridades y tertulias montadas como combates, y la economía de la atención premia el clickbait, el titular que indigna y lo que mejor alimenta los algoritmos. Detrás no hay un accidente, sino una transformación estructural empujada por la presión económica; cuando cae el consumo de los medios tradicionales y urge monetizar, la emoción cotiza por encima de la profundidad.
9.3.2 Pánico moral y demonios populares
Uno de los mecanismos empleados por la criminología para entender el retrato mediático de la delincuencia es, el pánico moral, un concepto que le debemos al sociólogo y criminólogo de origen sudafricano Stanley Cohen. Cohen lo definió así (1972):
Las sociedades parecen estar sujetas, cada cierto tiempo, a periodos de pánico moral. Una condición, un episodio, una persona o un grupo de personas pasa a definirse como una amenaza para los valores y los intereses de la sociedad; los medios de masas presentan su naturaleza de forma estilizada y estereotipada; las barricadas morales las ocupan editores, obispos, políticos y demás personas de bien; expertos socialmente acreditados pronuncian sus diagnósticos y sus soluciones; y se recurre a maneras de afrontarla o, más a menudo, se improvisan. Después la condición desaparece, se sumerge o se deteriora y se vuelve más visible.
Su caso de estudio que sirvió para sustentar esta teoría hoy nos puede parecer casi enternecedor: los roces entre mods y rockers, dos tribus juveniles, en las playas inglesas de los años sesenta. Se trataba en realidad de unos cuantos altercados menores; pero la prensa británica los cubrió como si anunciaran el derrumbe del orden social, con titulares apocalípticos y fotos bien escogidas para generar una sensación de caos entre los lectores, y a base de repetirlo convirtió a aquellos chavales en folk devils, en demonios populares, en la encarnación de todo lo que iba mal en la sociedad británica del periodo. La alarma creció hasta desbordar lo ocurrido, las autoridades respondieron con dureza y, lo más interesante, la propia reacción dio alas a lo que decía combatir: más jóvenes quisieron sumarse a algo que salía en todas partes. Fue una profecía autocumplida.
Quadrophenia.
Si os gusta la música, el cine o las vespas tuneadas podéis ver la película Quadrophenia (1979) basada en una opera rock con música de The Who y que recrea de forma ficticia e imaginada una trama vinculada a estos conflictos entre mod y rockers. Cuando hablamos de medios y la representación de la delincuencia es importante entender que no solamente nos referimos a representación en telediarios y periódicos, sino también en series, películas, novelas y otros formatos de ficción que aspiran a entretener, pero que de una forma u otra también contribuyen a crear un determinado imaginario sobre el delito y sus soluciones. Hay toda una literatura que también estudia la representación del delito y las respuestas al mismo en este tipo de formatos.
El esquema del pánico moral, una vez reconocido, lo podemos ver aplicado en relación con distintas situaciones supuestamente problemáticas: algo o alguien se define como amenaza a los valores de la sociedad; los medios lo estilizan y lo amplifican; se fabrica un villano reconocible; la preocupación pública se dispara muy por encima del problema real; y llega la respuesta contundente, que a menudo agranda el problema en lugar de resolverlo. A veces el pánico pasa y se olvida; otras deja un poso en forma de leyes nuevas. Y no hace falta que nadie mienta, basta con seleccionar los hechos, repetir y subir el volumen.
Al pánico moral se le ha dado también una lectura más macro por parte de autores vinculados a la llamada Escuela de Birmingham. Esta corriente de pensamiento es una de las referencias más importantes de la sociología contemporánea porque revolucionó la forma de entender la cultura de masas. Antes de Birmingham, la alta cultura (ópera, literatura clásica) se consideraba “verdadera cultura” y los medios de masas o la cultura popular se veían como simple entretenimiento alienante. La Escuela de Birmingham demostró que la cultura popular es un terreno clave donde se disputa el poder político y social. Basándose en el concepto de hegemonía del pensador italiano Antonio Gramsci, defendían que las clases dominantes no solo se imponen por la fuerza o el dinero, sino que negocian y difunden sus valores a través de la cultura (cine, televisión, música, moda).
En un estudio ya clásico sobre el pánico al mugging (los atracos callejeros) en la Gran Bretaña de los años setenta, Stuart Hall y sus colegas (1978) mostraron que aquel pánico no era una mera histeria mediática, sino que cumplía una función. Usando precisamente el concepto de hegemonía de Antonio Gramsci (1971), sostuvieron que, en un momento de crisis económica y política, fabricar un enemigo interno (un joven, negro y callejero) ayudaba a legitimar un Estado más duro y a desviar la atención de las causas de fondo. El pánico, entonces, no solo expresa una ansiedad, también la administra en provecho de quien gobierna. Y rara vez es casual a quién señala; el mugger británico llega ya racializado.
España tiene su propio muestrario de diablos populares, que sigue el esquema anterior casi punto por punto. Los llamados “menas” (menores extranjeros no acompañados) se han convertido estos últimos años en un folk devil de manual, señalados como amenaza en unos términos que no se corresponden con la realidad y explotados políticamente con evidente rédito (Gómez-Quintero, Aguerri, y Gimeno-Monterde 2021); volveremos sobre ellos al tratar la etnia y lo foráneo. El relato mediático de la okupación es otro ejemplo de cómo funciona un pánico moral: una alarma intensísima, alimentada por medios y por empresas de seguridad privada que venden justo la solución que el pánico reclama, muy por encima de lo que el fenómeno pesa en la realidad; medios y partidos se retroalimentan en ese marco, de Vox a los magacines matinales (Molina 2022; L. M. Martínez 2024). Antes hubo otros (las “bandas latinas”) y habrá más, cada época fabrica sus demonios.
9.3.4 Control penal y su representación mediática
Los medios no solo cuentan el delito, también cuentan la respuesta al delito. Nuestras imágenes de qué es y qué hace la policía, de qué son y qué ocurre en las cárceles, de cómo funciona un juicio, están más moldeadas por el cine y la televisión que por ninguna experiencia directa con esas instituciones.
Y esa imagen ha cambiado con la época. Robert Reiner, Sonia Livingstone y Jessica Allen (2000) analizaron el contenido de la prensa y del cine británicos entre 1945 y 1991 y vieron que lo que se movía no era tanto la cantidad de delito representado como su carácter. Con las décadas, la víctima se desplaza al centro del relato y su sufrimiento se subraya cada vez más, la confianza en la justicia se resquebraja y la policía se vuelve la heroína de la función, a menudo una justiciera que se salta las reglas para atrapar al malo (Allen, Livingstone, y Reiner 1998). Lo resumieron con una frase, “se acabaron los finales felices”. Donde antes la ficción tranquilizaba restaurando el orden, ahora inquieta mostrando un daño que no siempre se repara.
Las instituciones del sistema, además, no se quedan de brazos cruzados mientras los medios construyen esta realidad imaginada. La policía, la fiscalía o el gobierno son fuentes privilegiadas (“definidores primarios”, se las ha llamado (Stuart Hall et al. 1978)). Llegan las primeras y con el relato ya montado, fijando el marco desde el que se cuenta lo ocurrido (Ericson, Baranek, y Chan 1987). Y cada vez más tienen su propia maquinaria de comunicación y sus propias cuentas en redes, con las que proyectan una imagen de eficacia y legitiman su actuación sin pasar por filtro periodístico alguno (Colbran 2018).
A la producción cultural que normaliza y ensalza la labor policial se la ha bautizado con cierta sorna como copaganda (Karakatsanis 2025). Esta forma de propaganda construye relatos que nos habitúan a ver la vigilancia, y a veces hasta la violencia policial, como algo natural, y que orientan la mirada hacia unos culpables y no otros, con frecuencia siguiendo un claro sesgo racial (Cheng 2021; Hurley, Jensen, y King 2015).
Ahora bien, el consumo de medios no siempre blanquea a la policía. Quienes ven más informativos televisivos tienden también a creer que la mala conducta policial es frecuente, y ese efecto es más acusado entre las minorías, que ven reflejada su propia experiencia (Dowler y Zawilski 2007). La propia cárcel se ha hecho espectáculo, con su promesa recurrente de devolvernos unas calles seguras (Cheliotis, s. f.).
El juicio paralelo
En un entorno digital, adversarial y ávido de escándalo, los medios no solo cuentan la justicia, cada vez más la administran por su cuenta. Greer y McLaughlin lo llaman juicio paralelo (trial by media), una forma de justicia populista y retributiva en la que una persona o una institución es juzgada en el “tribunal de la opinión pública”, que dicta veredicto y aplica su propio castigo, sobre todo reputacional, al margen y por delante del proceso legal (2023). A veces la diana es una persona sospechosa; otras, las propias instituciones, cuando el periodismo pasa de destapar un fallo aislado a la “caza del escándalo” (scandal hunting) que exhibe el encubrimiento o la incompetencia de la policía, la fiscalía o la judicatura.
Con las redes, ese juicio se ha vuelto participativo, porque ya no lo instruyen solo las redacciones, sino también la ciudadanía, mediante el escarnio público en línea (online shaming), que funciona como una forma de regulación moral colectiva (Gies 2025; Forestal 2024; Blitvich 2022) y se alimenta de un sentido de castigo merecido y no poco schadenfreude (Barron et al. 2023). Su efecto es ambivalente. Puede operar como una justicia informal que da voz a quien el sistema ha desatendido, como viven muchas supervivientes de violencia sexual que señalan en línea a su agresor cuando la vía penal les falla (Dancig-Rosenberg y Peleg 2024), y sacar a la luz abusos reales; pero también castiga sin garantías, se desboca con facilidad y erosiona la presunción de inocencia, hasta el punto de abrir el debate sobre cómo regularlo (Billingham y Parr 2026).
9.3.5 ¿Que impacto tiene todo esto?
Nada de esto, con todo, significa que los medios inyecten miedo o dureza en una ciudadanía pasiva predispuesta a que se les lave el cerebro. Cuando se ha ido a comprobar el famoso “efecto de los medios”, la evidencia resulta bastante más enredada de lo que el sentido común supone. Décadas de investigación no han demostrado un efecto directo y potente, entre otras cosas porque lo que cada quien hace con lo que ve depende mucho de quién es y de dónde vive (Birkbeck 2014). Los medios fijan con fuerza el imaginario del delito y la agenda de lo que nos preocupa; de ahí a determinar lo que siente o pide cada persona hay un trecho.
Los autores de la Escuela de Birmingham ya en su día planteaban que los medios no inyectan mensajes de forma pasiva en la mente de la gente. Un mensaje es “codificado” por quien lo produce, pero el público lo “decodifica” de tres formas distintas:
Lectura dominante/hegemónica: La audiencia acepta el mensaje tal como se emitió.
Lectura negociada: La audiencia acepta partes del mensaje pero adapta otras a su propia realidad.
Lectura oposicional: La audiencia entiende el mensaje pero lo rechaza por completo.
No obstante, si que hay estudios que sugieren una clara asociación entre consumo de medios y actitudes ciudadanas (Rosenberger y Callanan 2011), incluso aunque sea dificil establecer una relación de causalidad. Su efecto neto más seguro es, en todo caso, colectivo antes que individual. Toda esta maquinaria (la imagen distorsionada del delito y la glorificación de la respuesta dura) rara vez estalla en una noche de violencia como la de Torre Pacheco; lo más habitual es que se sedimente en algo más difuso y más duradero, en una demanda social de que se contrate más policía, que reclama leyes que castiguen, que exige penas contundentes y pide mano dura. Esa demanda es el objeto del apartado siguiente, aunque su traducción en política penal la veremos en el capítulo sobre política criminal.
9.4 Ciudadanos y punitivismo
A la demanda social de castigo la llamamos punitivismo. Nombramos con este término la inclinación a tomar el castigo como respuesta por defecto (más penas, más cárcel, condenas más largas, mano dura) y la creencia de que endurecer la respuesta penal siempre es la solución. Es lo que Jorge Ollero (2021) llama el penalismo mágico, la creencia mítica en el poder del castigo para solucionar complejos problemas sociales y políticos.
Aparece aquí otro objeto de estudio de pleno derecho para la criminología dentro de lo que hemos llamado respuestas sociales al delito, porque las actitudes punitivas se miden y se investigan como cualquier otro fenómeno social. Y lo primero que sobresale una vez nos fijamos en el estudio de estas actitudes es que esa demanda no sigue necesariamente la evolución objetiva de las tasas de delito. En muchos paises la delincuencia lleva años estable o a la baja y, aun así, las demandas de mayor dureza no han dejado de crecer. Si esa demanda de dureza no se explica solo por el nivel real del delito, hay que preguntarse a qué más responde.
Parte de la respuesta ya la conocemos, y se puede deducir de las cuestiones que hemos introducido en las secciones anteriores de este capítulo, el miedo que no nace del riesgo y el pánico que fabrican los medios. Pero la investigación sobre actitudes punitivas apunta a algo más de fondo. Cuando Tyler y Boeckmann (1997) se preguntaron por qué la gente quiere castigar a quien rompe las reglas o viola la ley, encontraron que el mecanismo principal no era el miedo a ser víctima ni el cálculo racional sobre la peligrosidad, sino la percepción de que la sociedad se descompone, de que se pierden la moral compartida y la disciplina social. Castigar es, en buena medida, una forma de reafirmar unos valores que se sienten amenazados. Es el mismo malestar que veiíamos que latía bajo el miedo expresivo, ahora transformado en exigencia de mano dura.
Esa raíz es más moral y emocional que calculadora. Castigamos desde intuiciones de justicia y de merecimiento antes que desde un cálculo sobre la disuasión (Darley 2009; Silver 2017), desde valores de autoridad y respeto al orden (Gerber y Jackson 2016), y desde la emoción misma que el delito despierta, un ingrediente durante mucho tiempo desatendido (Hartnagel y Templeton 2012). No pedimos más castigo porque haya más delito, sino porque sentimos (no necesariamente de forma fundada) que las bases morales de la sociedad se encuentran bajo asedio.
Y hay una fuente más que la investigación estadounidense ha documentado con especial insistencia. Es el prejuicio. Al contrastar las distintas explicaciones del punitivismo, el animus racial aparece como uno de sus predictores más potentes: quien alberga más resentimiento hacia la población negra tiende a reclamar más castigo, al margen de su miedo o de su experiencia como víctima (Unnever y Cullen 2010). Trabajos posteriores han confirmado este sesgi ya entrado el siglo XXI y suman la hostilidad hacia los pobres y la ansiedad social como parte del mismo guiso (Brown y Socia 2017). Y no es solo un patrón estadounidense. En Andalucía, por ejemplo, la actitud hacia la permisividad de las leyes de inmigración es una de las variables que mejor predicen la demanda de castigo, por encima incluso de la confianza en la policía (Menchón et al. 2023; Cuevas, Cabrera, y Martín 2024). La demanda de castigo prolonga así el arco del miedo al otro que recorrimos en secciones anteriores, pedir mano dura es, en parte, señalar a un otro racializado y empobrecido, solo que ahora usando el lenguaje del castigo.
No obstante, la imagen de un público sediento de castigo hay que tomarla con pinzas, y por la misma razón que vimos con el miedo. Es importante reflexionar sobre como medimos estos conceptos sociales. Las primeras investigaciones en este área se apoyaban en preguntas de encuesta que eran muy superficiales (si los tribunales, las leyes o las penas son o no blandas). El uso de estas medidas sirvieron para crear la imagen de un público mucho más punitivo del que una mirada más atenta detecta. Preguntada de forma superficial, la gente responde con dureza; puesta ante casos concretos, o con algo más de información, sus preferencias se vuelven bastante más matizadas, a veces más suaves que las de los propios tribunales, y una misma persona puede pedir firmeza para el desconocido peligroso y una segunda oportunidad para el caso que conoce de cerca (Maruna y King 2004; Roberts et al. 2003). Con datos andaluces se observa el mismo fenómeno. La demanda de dureza es más acusada cuando se pregunta en términos globales que cuando se concreta en delitos o en quién delinque (Cuevas et al. 2022). Ya en el año 2000, Cullen, Fisher y Applegate resumieron esa opinión punitiva como “blanda” (mushy) y mostraron que, bajo la superficie dura, seguía latiendo un apoyo amplio a la rehabilitación (2000). Y al medir con más cuidado se vio que el punitivismo no es una sola actitud, sino un haz de actitudes distintas que hay que distinguir (Trajtenberg, Ezquerra, y Williams 2025), igual que hubo que separar el miedo difuso del episodio concreto de temor.
Mirado de cerca, ese público es más pragmático que vengativo, porque apoya las medidas que cree útiles y retira el respaldo cuando dejan de parecérselo (Vuk et al. 2020), y se ablanda cuando confía en que quien ha delinquido puede rehabilitarse (Burton et al. 2020). Cuando en lugar de una encuesta rápida se le da tiempo para deliberar e informarse, en grupos de discusión o encuestas deliberativas, sus posiciones se suavizan todavía más, en el Reino Unido y en Escandinavia por igual (Hutton 2005; Balvig et al. 2015). De ahí que se hable del “mito del público punitivo” (Pickett 2019).
¿Qué es una encuesta deliberativa?
Una encuesta deliberativa comienza seleccionando una muestra representativa y aleatoria de ciudadanos, quienes responden a un cuestionario inicial para medir sus actitudes base hacia el delito y las penas. A continuación, se les proporciona material informativo equilibrado y fundamentado sobre normas penales, costes penitenciarios y evidencias de rehabilitación. Posteriormente, los participantes se reúnen (a menudo durante un fin de semana) para debatir en pequeños grupos moderados y realizar preguntas directas a un panel de expertos del sistema penal (como jueces, fiscales y criminólogos). Por último, los participantes responden a la misma encuesta por segunda vez, lo que permite a los investigadores medir cómo cambiaron sus opiniones tras pasar de una “reacción visceral” o una opinión en caliente a un juicio informado y reflexivo.
Ese público, además, opina sobre una realidad que conoce muy mal, y esto Hough y Roberts (2023) lo subrayan con fuerza. La gente sobrestima cuánto crece el delito, lo cree al alza cuando lleva años a la baja y subestima lo severos que ya son los tribunales (Hough y Roberts 1998, 2023). De esa desinformación brota una convicción tan extendida como infundada, la de que la justicia es blanda y ampara más al acusado que a la víctima; es notablemente estable a lo largo de cuatro décadas y de un país a otro (la comparten siete de cada diez estadounidenses y tres de cada cuatro británicos) y no resulta inocua, porque los gobiernos la han esgrimido para endurecer las penas (Hough y Roberts 2023). Y cuando se compara entre países, las diferencias en punitivismo no siguen tanto al nivel de delito como a la desigualdad económica, de modo que se castiga más donde más desigual es la sociedad (Kesteren 2009).
Esas actitudes tampoco permanecen inmutables. Hough y Roberts (2023) señalan un giro reciente en contra del encarcelamiento. Incluso en Estados Unidos, tradicionalmente más punitivo, ha crecido la idea de que hay demasiada gente en prisión (en 2012 el electorado de California votó a favor de acortar condenas), empujada por la conciencia de las enormes disparidades raciales de su sistema penitenciario, por el coste fiscal de encarcelar a tanta gente y por la reforma de las penas de droga; en el Reino Unido, tres de cada cuatro personas respaldan alternativas a la cárcel. La demanda de castigo, en suma, no es ni monolítica ni permanente.
¿Ha crecido de verdad el punitivismo?
Medir la dureza de una sociedad a lo largo del tiempo es más difícil de lo que parece. Matteo Tiratelli reunió la mayor serie de preguntas británicas sobre justicia penal (1964-2023) y encontró un cuadro menos lineal que el del relato habitual: la preocupación por el delito sí sigue de cerca la tasa real, mientras que el apoyo a una policía y unas penas más duras fue mucho más volátil, y más desigual entre grupos, de lo que se suele contar, hasta el punto de poner en duda la idea de los años ochenta como una era de punitivismo en ascenso imparable (2025). La lección se parece a la del miedo. Buena parte de lo que creíamos saber dependía de qué preguntábamos y de cómo lo medíamos.
Qué ocurre cuando esa demanda entra en la política, cómo los partidos compiten por parecer los más duros o por qué España es de los países más seguros de Europa y a la vez de los que más encarcela, es materia del capítulo sobre política criminal, y allí lo veremos. Aquí basta con cerrar sin menospreciar estas actitudes. Es fácil despachar la demanda de castigo como ignorancia del populacho, y sería probablemente injusto. El problema no es ese sentimiento colectivo, sino que la emoción, por legítima que sea, es mala consejera para diseñar penas, porque lo que aplaca la indignación y lo que de verdad reduce el daño futuro rara vez coinciden. Y esa constatación, que detrás del castigo late sobre todo emoción y sentido y no cálculo, nos lleva a la última parada del capítulo, la criminología cultural, donde la emoción y el significado dejan de ser el telón de fondo para volverse el objeto central.
9.5 Criminología cultural
Toda la criminología que hemos manejado en el libro tiende a mirar el delito de dos maneras. O como el cálculo de quien sopesa lo que gana y lo que arriesga (el delincuente racional que veréis en teoría criminológica), o como el síntoma de algo que va mal, la pobreza o la familia rota. Las dos capturan cosas ciertas. Pero dejan fuera algo que cualquiera que haya sido joven reconoce, que muchas veces se transgrede no por cálculo ni por avería, sino porque se siente, por la emoción o por lo que uno quiere ser ante los demás.
Poner el significado y la emoción en el centro del análisis es lo que hace la criminología cultural (Ferrell, Hayward, y Young 2008). La criminología cultural es prácticamente la hija directa de los Estudios Culturales de Birmingham aplicada al fenómeno del delito y el control social.
Su punto de partida es que el delito y su control son, antes que nada, construcciones de significado. No hay hechos delictivos que signifiquen lo mismo para todo el mundo, sino significados en disputa, y quien tiene poder impone el suyo, empezando por la definición de qué cuenta como delito (Ilan 2019; Hayward y Young 2019). Este es un tema al que ya habíamos aludido en el capitulo sobre el delito y que retomamos aquí.
Para la criminología cultural el delito no es solo un calculo racional o el producto de algun tipo de deficit individual o social, sino tambien una expresión estética y de resistencia. La intuición fundacional la dejó escrita Jack Katz (1988). Hay una fenomenología de la transgresión, unas “seducciones” del delito que ninguna hoja de cálculo recoge, como el subidón de robar por robar o el vértigo de pintar un vagón entero jugándose el tipo. Otros lo han llamado edgework, el arte de bailar en el borde, de buscar a propósito el filo del peligro por lo que se siente al asomarse. El grafiti o las carreras ilegales no se entienden por lo que se gana, sino por lo que se vive.
Esta misma lógica la podemos aplicar a otros comportamientos “desviados” como el consumo recreativo de drogas. Mirado con las gafas de siempre, el consumo es adicción (patología) o es un mercado (cálculo). La criminología cultural añade una tercera mirada que las otras dos suelen dejar fuera, la del sentido y el placer. Ninguna explicación del consumo se sostiene si no da cuenta de por qué, para quien consume, aquello merece la pena.
Pocas veces se ha dicho con tanta crudeza como en Trainspotting, la novela de Irvine Welsh, cuando Renton explica el contexto y describe lo que siente al meterse un pico:
“Elige la vida. Elige un trabajo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige una maldita televisión enorme. Elige lavadoras, coches, reproductores de CD y abrelatas eléctricos… Elige buena salud, colesterol bajo y seguro dental. Elige hipotecas con intereses fijos. Elige una primera vivienda. Elige a tus amigos. Elige ropa informal y equipaje a juego. Elige un conjunto de tres piezas a plazos en una gama de malditas telas. Elige el bricolaje y preguntándote quién eres un domingo por la mañana. Elige sentarte en ese sofá viendo programas de concursos aburridos y destructivos, atiborrándote de maldita comida basura. Elige pudrirte al final de todo, siendo el último en un hogar miserable, nada más que una vergüenza para los mocosos egoístas y jodidos que has engendrado para que te reemplacen. Elige tu futuro. Elige la vida. Pero, ¿a quién le desearía yo que hiciera algo así? Elegí no elegir la vida: elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?La gente piensa que todo se trata de miseriacy desesperación y muerte y toda esa mierda, que no debe ignorarse, pero lo que olvidan es que uno se inyecta por placer, por el placer que le produce. De lo contrario, no lo haríamos. Después de todo, no somos tan estúpidos. Al menos, no somos tan jodidamente estúpidos. Toma el mejor orgasmo que hayas tenido, multiplícalo por mil y aún así no te acercarás ni de lejos.”
No es una apología, porque la misma historia enseña después la ruina; es un intento de no mentir sobre las razones del consumo. Y en cuanto se admite que consumir tiene sentido y placer, deja de poder tratarse solo como enfermedad o como delito. Parker, Aldridge y Measham (1998) lo formularon con la tesis de la normalización , según la cual, para toda una generación, cierto consumo recreativo dejó de ser cosa de una subcultura desviada y pasó a ser un ingrediente más del ocio. Lo que obliga a preguntarse quién decide qué consumo es delito y cuál es solo una copa, una pregunta que recorre varios capítulos del libro.
Dancing on Drugs
El artista Jeremy Deller (2019) montó un documental muy recomendable, Everybody in the Place, con forma de clase ante un aula londinense de estudiantes de bachillerato. Su tema aparente es la explosión del acid house y los raves en el Reino Unido de finales de los ochenta; su tema real es la historia social y política de aquella Gran Bretaña, la de la desindustrialización y el thatcherismo que siguieron a la huelga de los mineros. Deller muestra que aquella música y aquellas fiestas ilegales, con su éxtasis y su euforia colectiva, no aparecieron de la nada, sino que brotaron de un contexto muy concreto, el de una clase trabajadora que perdía sus fábricas y sus espacios de encuentro. Y muestra también la respuesta del Estado, la Criminal Justice Act de 1994, que llegó a prohibir las reuniones con música caracterizada por “una sucesión de ritmos repetitivos”. Entender una transgresión pide verla como una forma de la cultura popular, con su placer y su sentido, enraizada en un momento social, y preguntarse quién tiene el poder de convertir un baile en delito. Igualmente relevante en este sentido es el proyecto de “action-research”, People and Dancefloors, que documenta a través de entrevistas con distintos jóvenes el significado que para ellos tiene la musica electrónica, las discotecas y el consumo de drogas recreativas. Podéis ver el documental en la página del proyecto o en YouTube, altamente recomendable para desarrollar una idea de qué hablamos cuando hablamos de criminología cultural.
Vivimos en una cultura del consumo (la modernidad líquida de Bauman, otra vez) que enseña a desear ya, sin espera, y que convierte la propia transgresión en un producto, con su estética y su mercado. El mismo mundo que vende la emoción y la inmediatez no puede luego extrañarse de que algunos las persigan por vías que no se consideran legítimas. Hay toda una línea de trabajo sobre este “nexo crimen-consumo”; Hayward y Smith (2023) subrayan como el propio ocio mercantilizado (la noche, la fiesta o el turismo vendidos como experiencia) genera daños sociales, ambientales y personales que rara vez contamos como delito, lo que han llamado ocio desviado (deviant leisure).
Ese sentido no vive solo en la cabeza de quien transgrede, también en las imágenes que nos rodean. Hoy el delito y su castigo nos llegan envueltos en un flujo constante de representaciones (el telediario, la serie, el videojuego, el vídeo que circula por el móvil), hasta el punto de que la frontera entre el delito real y su imagen se difumina. Hayward y Presdee (2010) hablan de un “vasto salón de espejos” en el que el significado del delito se fabrica tanto en la calle como en la pantalla. La criminología cultural aprende a leer esas imágenes con la misma seriedad con que otros leen una tabla de datos. Y el significado tampoco es solo visual, también se siente en el cuerpo, en los ruidos y los ritmos de cada lugar.
¿A qué suena una prisión?
Casi todo lo que creemos saber de la cárcel nos llega por imágenes, pero quien la habita la conoce también por lo que oye en la misma. Kate Herrity pasó meses escuchando una prisión inglesa, sus rejas, sus gritos, su megafonía y sus silencios, y mostró que ese paisaje sonoro es cualquier cosa menos ruido de fondo, porque por él circulan el poder, el orden y la forma en que la gente sobrevive dentro (2024). Es un ejemplo del “giro sensorial” de la criminología cultural, que atiende no solo a cómo se representa el delito, sino a cómo se siente. Del espectáculo de la cárcel visto desde fuera pasamos al ruido de la cárcel vivido desde dentro.
Otra veta del enfoque se fija en las historias y narraciones sobre el delito. Entendemos el delito, en buena medida, a través de relatos, los de las víctimas, los de quienes lo cometen o los del true crime que hoy puebla pódcast y plataformas, y esos relatos no son un reflejo neutro de lo ocurrido, sino que construyen sentido y hacen cosas (Presser y Sandberg 2015; Fleetwood 2024). En España lo vivimos con el llamado cine quinqui de la Transición, aquellas películas de delincuentes juveniles de barriada (Perros callejeros, Deprisa, deprisa, El Vaquilla) que convirtieron a chavales marginales, algunos delincuentes reales, en iconos populares, mitad temidos y mitad admirados. La misma historia que criminaliza puede idolatrar. Y aquel cine tuvo un reverso trágico, porque buena parte de esa generación quedó arrasada por la heroína que se cebó con los barrios pobres en los años ochenta.
Llegados aquí, se ve que la criminología cultural también tiene relevancia como marco para entender buena parte de lo que hemos discutido en secciones anteriores. El miedo del que hablábamos era emoción; el pánico moral era la sociedad fabricando villanos y cargando de sentido a unos chavales en una playa. Buena parte de este capítulo, ya trataba de esto que subraya la criminología cultural, de cómo el delito y la respuesta al delito son cosas cargadas de significado para quienes las viven.
La criminología cultural pide, eso sí, resistir una tentación. Al poner el foco en la emoción y el estilo, es fácil resbalar hacia el romanticismo, hacia una estética de la transgresión que celebra al rebelde y olvida dos cosas que este manual se toma en serio, que hay víctimas reales y que buena parte del daño se concentra donde se concentra la desventaja. El sentido importa, pero el sentido no paga las facturas de quien sufre el delito. El propio enfoque lo sabe, porque leer el delito como significado nunca fue renunciar a la estructura, sino conectar la experiencia de cada cual con las desigualdades que la enmarcan (Ilan 2019). Precisamente por eso, junto a la criminología cultural ha crecido una corriente más dura, el ultrarrealismo de Steve Hall y Simon Winlow (2015), que lee el delito y el daño como síntomas de los deseos que el capitalismo de consumo neoliberal fabrica en nosotras y devuelve el foco a la estructura. Es una teoría potente y discutida, con vocación de explicarlo todo (con las limitaciones que ello implica), pero hace de contrapeso útil, porque recuerda que detrás del estilo y de la emoción late un orden económico que produce buena parte del daño.
9.6 A modo de cierre
Este capítulo cierra el bloque del manual que describe los objetos de estudio de la criminología, y ha añadido uno que tradicionalmente quedaba fuera del foco de estas descripciones de los objetos de estudio: no el delito, ni quien lo comete, ni la maquinaria que lo persigue, sino lo que la sociedad hace con todo ello. A lo largo de estas páginas el delito ha dejado de ser un hecho que le ocurre a la sociedad para volverse algo que la sociedad percibe, teme, dramatiza, castiga y significa.
Hay un hilo que cose los cuatro objetos a los que hemos aludido en este capítulo. El miedo hablaba más de quien teme que del riesgo que corre; los pánicos mediáticos, más de las ansiedades de una época que de los sucesos que dicen cubrir; la demanda de castigo, más de una moral que se siente amenazada que del delito realmente cometido; y la criminología cultural nos recordó que ni el delito ni su control significan lo mismo para todo el mundo. En los cuatro, estudiar la reacción es estudiar, tanto o más que al delito, a la sociedad que reacciona. Y esa reacción no es un eco inofensivo. Mueve leyes, financia cárceles, enciende noches como la de Torre Pacheco y marca por dónde puede caminar una mujer al volver a casa. Por eso, reclamar esa vida social y simbólica del delito como objeto de estudio, con el mismo rigor con que se manejan las cifras o las leyes, es buena parte de lo que implica hacer criminología de una forma responsable.
A Bauman hay que leerlo con cierto cuidado. Es un autor que parece explicarlo todo, y quien lo explica todo acaba explicando poco en concreto; su diagnóstico funciona mientras cada afirmación se pueda anclar en un dato o en un caso.↩︎