2 Método científico y criminología
2.1 ¿Para qué sirve el método?
¿Funciona la prisión? Es probablemente una de las preguntas que más veces os van a hacer a lo largo de vuestra vida como criminólogas, en clase o en una cena familiar, y es también una de las que más investigación ha generado en nuestro campo. Parece una pregunta empírica sencilla, de las que se resuelven mirando los datos. Pero si juntáramos en una misma sala a varias investigadoras que han dedicado su carrera a estudiarla veríamos que empiezan a discrepar mucho antes de abrir ninguna base de datos.
Imaginemos a cuatro de ellas. La primera es una economista que ha conseguido acceder a los registros judiciales de un país en el que los casos se reparten entre juezas más y menos severas de forma casi aleatoria, y que quiere estimar si pasar por prisión aumenta o reduce la probabilidad de volver a ser condenado en los cinco años siguientes. La segunda es una socióloga que ha pasado un año haciendo trabajo de campo en un módulo de un centro penitenciario y que quiere entender qué significa la condena para quienes la cumplen, cómo organizan su día y qué pierden dentro. La tercera es una criminóloga crítica que, cuando escucha la pregunta, responde con otra: ¿funciona para qué y para quién? La cuarta trabaja en un servicio de evaluación de la administración penitenciaria y tiene que decirle a su director general, antes de fin de año, si un programa de intervención reduce la reincidencia lo suficiente como para mantener su financiación.
Las cuatro son criminólogas y las cuatro están haciendo investigación seria. Pero cada una entiende de forma distinta qué quiere decir que la prisión “funcione” y cómo se puede llegar a saberlo. Esas diferencias tienen que ver con el método, entendido en un sentido amplio, y con ideas previas sobre qué es el conocimiento y cómo se puede conocer el mundo social. Son ideas que casi nunca se explicitan en los artículos científicos, pero que están detrás de muchas de las discusiones teóricas que vais a encontrar en este manual y en el resto de vuestra formación.
Este es un manual de introducción a la criminología y en ningún caso aspira a sustituir a las asignaturas de métodos de investigación que tendréis en el grado. No vamos a enseñaros a diseñar una encuesta o a estimar un modelo de regresión. Lo que queremos es daros un mapa para orientaros en la pluralidad de la criminología. En el primer capítulo hablábamos de las distintas “almas” de nuestra disciplina y en este vamos a darles algo más de contenido, primero desde el terreno más abstracto de la filosofía de las ciencias sociales y después desde el más práctico de cómo se diseña una investigación. Terminaremos con algo que nos parece igual de importante que cualquier técnica, que son las disposiciones o virtudes que creemos que toda persona que investiga el delito debería cultivar.
2.2 Las dos almas de la criminología, revisitadas
En el primer capítulo os presentamos la idea de que en las ciencias sociales, y en la criminología con ellas, han convivido desde el siglo XIX dos formas de entender el conocimiento. Una forma nomotética, más próxima a las ciencias naturales, que busca regularidades generales, y una forma idiográfica, más próxima a las humanidades, que pone el acento en lo particular y en la comprensión. Recurríamos entonces a la imagen de Immanuel Wallerstein (2004) de alguien atado a dos caballos que galopan en direcciones contrarias, y a la descripción que hacía David Smith (2014) de una criminología europea repartida entre quienes usan el lenguaje de la ciencia y quienes usan el de las humanidades. Os advertíamos también, con el propio Smith, de que es una simplificación que exagera el contraste. Aquí vamos a intentar complicar un poco ese esquema de dos piezas, sin llegar a convertirlo en un tratado de filosofía de la ciencia.
Para ello necesitamos antes algo de vocabulario. Cuando hablamos de ontología nos referimos a las ideas que tenemos sobre la naturaleza de la realidad que estudiamos: si el delito, la reincidencia o la clase social existen con independencia de cómo los nombramos, o si son en buena medida producto de esas definiciones. La epistemología tiene que ver con cómo podemos conocer esa realidad y qué cuenta como conocimiento válido sobre ella. La metodología es la lógica general con la que diseñamos una investigación para producir ese conocimiento, y los métodos o técnicas son las herramientas concretas que usamos para recoger y analizar datos (la encuesta, el experimento, la entrevista en profundidad, la observación participante, el análisis de documentos, etc.). Son niveles distintos, aunque en la práctica tienden a ir juntos. Quien cree que la reincidencia es un hecho que se puede medir con precisión suele preferir unos métodos y quien piensa que “reincidir” es una categoría que construyen las instituciones penales suele preferir otros. Pero la correspondencia no es automática, y de hecho vais a encontrar a investigadoras que combinan posiciones que en los manuales aparecen en columnas separadas.
Lo que sigue es un recorrido breve por las posiciones epistemológicas que más os vais a encontrar. Lo hacemos con una advertencia. Casi nadie en la investigación criminológica real se define a sí misma con una de estas etiquetas, y muchas de nosotras nos movemos entre varias según la pregunta que tengamos entre manos. Las presentamos como puntos de referencia en un mapa, más que como tribus a las que haya que afiliarse.
2.2.1 El positivismo y sus herederos
El positivismo fue un movimiento filosófico del siglo XIX que depositaba su confianza en la observación empírica y en la posibilidad de descubrir en la sociedad leyes parecidas a las que la física había encontrado en la naturaleza. Ya lo visteis en el capítulo 5, “El delincuente”, a propósito de Lombroso y de la escuela positiva italiana, que quiso aplicar esa lógica al estudio de las personas que delinquían con los resultados que conocéis. Por eso la palabra arrastra en criminología una carga negativa, y a menudo se usa más como insulto que como descripción.
Muy poca gente defiende hoy el positivismo decimonónico. Lo que sí tiene una presencia enorme en nuestra disciplina es lo que a veces se llama postpositivismo, una familia de posiciones que mantiene la aspiración de explicar el delito con datos observables y de poner a prueba hipótesis, pero que ha abandonado la idea de que el conocimiento pueda ser definitivo. La figura de referencia aquí es el filósofo austriaco Karl Popper (1959), para quien lo que distingue a una teoría científica es que pueda ser falsada, es decir, que haga predicciones que los datos puedan desmentir. Desde esta perspectiva nunca podemos demostrar que una teoría es verdadera. Lo más que podemos hacer es someterla a pruebas cada vez más exigentes y quedarnos provisionalmente con las que las superan.
Aplicada a nuestro ejemplo, la pregunta postpositivista sería algo así como: comparadas con personas similares que reciben una pena no privativa de libertad, ¿reinciden más o menos quienes pasan por prisión? La dificultad principal es que las personas que acaban en prisión no son iguales que las que reciben otro tipo de sanción (suelen tener más antecedentes, delitos más graves, menos apoyos sociales), de modo que si simplemente comparamos sus tasas de reincidencia estaremos mezclando el efecto de la prisión con el efecto de esas diferencias previas. Buena parte del esfuerzo de esta tradición se ha dedicado a resolver ese problema de selección. Las revisiones sistemáticas que han reunido los estudios disponibles sugieren que, en la mayoría de las comparaciones, la prisión no reduce la reincidencia en relación con las alternativas, y que cuando aparecen diferencias tienden a favorecer a las sanciones no privativas de libertad (Villettaz, Killias, y Zoder 2006; Villettaz, Gilliéron, y Killias 2015; Nagin, Cullen, y Jonson 2009). Una revisión más reciente de Charles Loeffler y Daniel Nagin (2022) llega a una conclusión parecida para el encarcelamiento posterior a la condena, con dos salvedades interesantes: los contextos penitenciarios orientados a la rehabilitación parecen asociarse a menos reincidencia, y la prisión preventiva muestra efectos consistentemente perjudiciales.
2.2.2 Comprender desde dentro: el interpretativismo
La segunda investigadora de nuestra sala se mueve en otra tradición. El interpretativismo parte de la idea de que la acción humana no puede entenderse del mismo modo que el movimiento de los planetas, porque las personas dan sentido a lo que hacen y ese sentido forma parte de la explicación. El sociólogo alemán Max Weber hablaba de comprensión (Verstehen) para referirse a este esfuerzo por captar el significado que la acción tiene para quien la realiza (Weber 2017). En criminología, esta tradición ha estado muy ligada al interaccionismo simbólico y a las teorías del etiquetamiento que veréis en los capítulos 4 y 8, y a la invitación de David Matza (2010) a estudiar la desviación desde una actitud de apreciación, intentando comprender el mundo de las personas estudiadas en lugar de corregirlo.
Desde aquí, la pregunta sobre la prisión cambia de forma. Lo que interesa es qué significa estar preso, cómo se vive la condena, cómo se reorganiza la identidad y qué relaciones se establecen entre internos y con el personal penitenciario. Uno de los estudios clásicos en esta línea es el de Gresham Sykes (1958) en una prisión de máxima seguridad de Nueva Jersey, en el que describía los “dolores del encarcelamiento”, que van mucho más allá de la privación de libertad e incluyen la pérdida de autonomía o de seguridad personal, entre otros. Un ejemplo más reciente es el trabajo de Kate Herrity (2024), que estudia la vida en una prisión británica a través de algo tan poco habitual en nuestra disciplina como el sonido. Ninguno de estos trabajos os dirá cuánto reduce o aumenta la prisión la reincidencia, pero os ayudarán a entender por qué los mecanismos que la investigación postpositivista intenta medir funcionan como funcionan.
Muy cerca del interpretativismo está el construccionismo social, que llama la atención sobre el hecho de que muchas de las categorías con las que trabajamos son productos sociales. La propia “reincidencia” es un buen ejemplo. ¿Hablamos de una nueva detención, de una nueva condena o de un nuevo ingreso en prisión? ¿En qué plazo? Cada definición da cifras distintas y todas dependen del funcionamiento de instituciones (la policía, los juzgados) cuya actividad no es un reflejo neutro de la conducta de las personas. Volveremos sobre este problema al hablar de las fuentes de datos en el capítulo 3.
2.2.3 Las perspectivas críticas y la pregunta por el punto de vista
Nuestra tercera investigadora respondía a la pregunta con otra pregunta. Las perspectivas críticas comparten la idea de que el conocimiento social nunca es ajeno a las relaciones de poder y de que una de sus tareas es hacerlas visibles. En el caso de la prisión, esto lleva a preguntarse por las funciones que cumple más allá de las que declara. Dario Melossi y Massimo Pavarini (1980), por ejemplo, vincularon el nacimiento de la prisión moderna con la disciplina del trabajo asalariado en los inicios del capitalismo, y Loïc Wacquant (2009) ha interpretado la expansión penitenciaria de las últimas décadas en Estados Unidos como una forma de gestionar la pobreza. Si la prisión “funciona”, desde aquí, puede que lo haga para fines muy distintos de reducir el delito. Lo veréis con más detalle en el capítulo 8, “Las respuestas estatales al delito”.
Dentro de esta familia hay una línea epistemológica que debéis conocer porque reaparece en la tercera parte del manual. Las epistemologías del punto de vista, desarrolladas sobre todo desde el feminismo por autoras como Sandra Harding (1991), sostienen que la posición social desde la que se investiga condiciona lo que se puede ver, y que el conocimiento producido desde posiciones subordinadas puede revelar cosas que quedan fuera del campo de visión de quienes ocupan posiciones dominantes. Boaventura de Sousa de Sousa Santos (2014) ha extendido una intuición parecida al conjunto del sur global, y Miranda Fricker (2007) ha acuñado el concepto de injusticia epistémica para describir situaciones en las que a ciertas personas no se les da crédito como sujetos de conocimiento por quiénes son. Pensad en la frecuencia con la que el testimonio de las personas presas sobre lo que ocurre en prisión se considera, por definición, poco fiable. Los capítulos 11 y 13 retomarán estas ideas para el género y para la herencia colonial de nuestra disciplina.
2.2.4 El realismo crítico
Una posición que ha ganado peso en las últimas décadas, y que intenta tender puentes entre las anteriores, es el realismo crítico, asociado al filósofo británico Roy Bhaskar (1975) y defendido en criminología por Roger Matthews (2014), entre otros. Para el realismo crítico existe una realidad social con independencia de lo que pensemos de ella, pero esa realidad está estratificada y buena parte de lo que importa ocurre en el nivel de los mecanismos que no observamos directamente. Estos mecanismos se activan o no dependiendo del contexto, lo que explica que una misma intervención pueda producir efectos distintos en lugares distintos.
Aplicado a la prisión, el realismo crítico nos invita a desagregar la pregunta. La prisión puede reducir el delito porque aparta a quien lo comete durante un tiempo (incapacitación), porque le disuade a él o a otros de volver a delinquir (disuasión) o porque aprovecha la condena para intervenir (rehabilitación). Pero también puede aumentarlo, porque rompe vínculos familiares y laborales o porque pone en contacto con redes delictivas y deja una marca que dificulta después encontrar empleo (el llamado efecto criminógeno de la prisión). La pregunta relevante sería entonces qué mecanismos predominan y en qué contextos. Un estudio con datos noruegos de Manudeep Bhuller y sus colegas (2020) ilustra bien esta lógica. Encontraron que, en Noruega, el encarcelamiento reducía de forma notable la reincidencia, y que ese efecto se concentraba en personas que estaban desempleadas antes de entrar y que participaban en programas orientados al empleo. Un resultado así no contradice necesariamente lo que la investigación ha encontrado en otros países con prisiones muy distintas. Lo que sugiere es que “la prisión” no es una única causa, y que lo que ocurre dentro importa.
2.2.5 El pragmatismo y los métodos mixtos
Por último, muchas investigadoras adoptan, de forma más o menos explícita, una posición pragmatista, que valora las ideas y los métodos por su utilidad para responder a preguntas concretas y es poco amiga de las grandes disputas filosóficas. Esta actitud ha servido de base a la creciente popularidad de los métodos mixtos, que combinan datos cuantitativos y cualitativos dentro de una misma investigación. El estudio de Bruce Western y sus colegas (2015) sobre las personas que salían de prisión en Boston es un buen ejemplo: siguieron a un grupo de excarcelados durante su primer año en libertad combinando encuestas repetidas con entrevistas en profundidad, lo que les permitió medir con precisión las dificultades materiales que atravesaban y, al mismo tiempo, entender cómo las vivían.
Un mapa (muy simplificado) de posiciones epistemológicas
| Posición | Qué busca | Cómo pregunta por la prisión | Métodos más habituales |
|---|---|---|---|
| Postpositivismo | Explicar y poner a prueba hipótesis | ¿Reduce la prisión la reincidencia frente a las alternativas? | Experimentos, cuasi-experimentos, análisis estadístico |
| Interpretativismo | Comprender el sentido de la acción | ¿Qué significa y cómo se vive la prisión? | Etnografía, entrevistas en profundidad |
| Construccionismo | Mostrar cómo se construyen las categorías | ¿Cómo se define y se produce la “reincidencia”? | Análisis de discurso, documental, historia |
| Perspectivas críticas | Desvelar relaciones de poder | ¿Para qué y para quién funciona la prisión? | Historia, economía política, métodos variados |
| Realismo crítico | Identificar mecanismos y contextos | ¿Qué mecanismos activa la prisión, para quién y dónde? | Diseños comparados, métodos mixtos |
| Pragmatismo | Responder a problemas concretos | Depende de la pregunta práctica | Métodos mixtos |
Como cualquier tabla de este tipo, exagera las diferencias y oculta los solapamientos. Usadla como un punto de partida para orientaros.
2.2.6 Un debate que no se cierra
Estas posiciones no conviven siempre en paz. Uno de los críticos más conocidos de la deriva cuantitativa de la criminología fue el británico Jock Young, que en un texto de título provocador, “Voodoo criminology and the numbers game” (Young 2004), y más tarde en The Criminological Imagination (Young 2011), acusaba a buena parte de la criminología estadounidense de haber caído en un empirismo sin imaginación, con modelos estadísticos cada vez más sofisticados sobre datos que medían mal fenómenos que se entendían poco. Recuperaba para ello la crítica que el sociólogo Charles Wright Mills (1959) había hecho décadas antes al “empirismo abstracto”.
[Aquí iría una cita en bloque de Young (2011) sobre el empirismo abstracto o la “criminología vudú”; cotejar con el original.]
Desde el otro lado, muchas investigadoras cuantitativas responderían que buena parte de la criminología crítica y cualitativa ha hecho afirmaciones muy rotundas sin someterlas nunca a una prueba que pudiera desmentirlas, y que los avances en el diseño de investigaciones cuantitativas han permitido responder con mucha más solidez que antes a preguntas como la que nos ocupa. No vamos a resolver este debate aquí, y os invitamos a que desconfiéis de quien os diga que está resuelto. Lo que sí os pedimos es que, cuando leáis a autoras de una u otra tradición, intentéis identificar desde dónde escriben, porque eso os ayudará a entender por qué discrepan y hasta qué punto sus desacuerdos son sobre los datos o sobre algo previo.
2.3 Dos culturas de investigación
2.3.1 Tipos de investigación
Antes de entrar en la discusión que da título a este apartado tenemos que recordar que no todas las investigaciones persiguen lo mismo, y que muchas confusiones proceden de pedirle a un estudio algo que no pretendía hacer. Una forma habitual de clasificarlas atiende a su propósito principal.
Las investigaciones exploratorias se acercan a un fenómeno poco conocido para identificar sus rasgos básicos y generar preguntas o hipótesis, como ocurrió en los primeros estudios sobre la ciberdelincuencia. Las descriptivas intentan responder a preguntas sobre cuánto, dónde, cuándo y a quién: cuántas personas hay en prisión en España, cómo ha evolucionado esa cifra, qué perfil tienen. El trabajo reciente de José Cid y Daniel Varona (2026) sobre el incremento del encarcelamiento en España es, en buena medida, de este tipo, y el capítulo 3 os presentará las fuentes con las que se hacen estas descripciones. Las explicativas buscan las causas de un fenómeno, ya sea el delito, la reincidencia o el crecimiento de la población penitenciaria. Las evaluativas son un tipo particular de investigación explicativa centrada en determinar si una intervención concreta (un programa, una reforma legal, una estrategia policial) produce los efectos que se esperaba de ella, y son las que suele encargar la administración, como en el caso de nuestra cuarta investigadora. Finalmente, podríamos hablar de investigaciones interpretativas o comprensivas, que buscan reconstruir el sentido que un fenómeno tiene para quienes lo viven, como la etnografía en prisión de nuestra segunda investigadora.
En la práctica, muchas investigaciones combinan varios de estos propósitos, y una buena descripción suele ser el punto de partida imprescindible de cualquier explicación. Pero tener clara la distinción os ayudará a leer mejor. Una etnografía no está mal hecha porque no permita estimar el efecto medio de la prisión en la reincidencia, del mismo modo que un estudio estadístico no está mal hecho porque no nos diga cómo se vive una condena. El problema aparece cuando se sacan de un estudio conclusiones que su diseño no puede sostener.
2.3.2 Las dos culturas según Goertz y Mahoney
Los politólogos Gary Goertz y James Mahoney (Mahoney y Goertz 2006; Goertz y Mahoney 2012) han propuesto una forma de pensar las diferencias entre investigación cuantitativa y cualitativa que aterriza bastante la discusión epistemológica anterior. Su tesis es que, dentro de las ciencias sociales, conviven dos culturas de investigación, cada una con sus propias normas sobre cómo se hacen las cosas y sus propios criterios sobre qué es un buen trabajo. Hablan de culturas, y no simplemente de técnicas, porque las diferencias van mucho más allá del tipo de datos que se utilizan. Como ocurre con las culturas en sentido antropológico, quienes han sido socializadas en una de ellas tienden a ver como evidentes sus normas y a juzgar como deficiente todo lo que se aparta de ellas.
[Aquí podría ir una cita en bloque del arranque de Mahoney y Goertz (2006) o del primer capítulo de Goertz y Mahoney (2012) sobre la metáfora de las culturas; cotejar con el original.]
La diferencia central, para estos autores, está en el tipo de pregunta causal que cada cultura se hace. La cultura cuantitativa se interesa sobre todo por los efectos de las causas: dado un factor (la prisión), ¿cuál es su efecto medio sobre un resultado (la reincidencia) en una población amplia? Es exactamente la pregunta de nuestra economista y la de los estudios de Bhuller o de Loeffler y Nagin que citábamos antes. La cultura cualitativa, en cambio, tiende a preguntarse por las causas de los efectos: dado un resultado concreto que queremos explicar, ¿qué lo produjo? ¿Por qué creció tanto la población penitenciaria española hasta alcanzar un máximo hacia 2010, por qué descendió después durante una década y por qué parece estar creciendo de nuevo? ⚠️ (cotejar fechas con Cid Moliné y Varona Gómez 2026) Una pregunta así se refiere a un caso concreto, y responderla exige reconstruir una secuencia de reformas legales, cambios en la práctica judicial, en la inmigración o en los delitos perseguidos que difícilmente puede reducirse a un coeficiente.
De esta diferencia de partida se derivan otras. La cultura cuantitativa piensa la causalidad en términos probabilísticos (la prisión aumenta o reduce la probabilidad de reincidir) y trabaja con muchos casos para poder estimar efectos medios con precisión. La cultura cualitativa piensa a menudo en términos de condiciones necesarias y suficientes o de combinaciones de condiciones (¿se da el aumento del encarcelamiento solo cuando coinciden un endurecimiento legal y un clima político punitivo?) y trabaja con pocos casos, pero los estudia en profundidad, siguiendo el proceso por el que una causa lleva a un resultado dentro de cada caso, lo que en inglés se denomina process tracing o rastreo de procesos. Las dos culturas tratan también de forma distinta la selección de casos: lo que para una es un sesgo intolerable (elegir los casos a partir del resultado) puede ser para la otra una elección perfectamente razonable. Y difieren en su relación con los conceptos. La cultura cualitativa dedica mucho esfuerzo a definir con precisión qué es, por ejemplo, un “sistema penal punitivo”, mientras que la cuantitativa suele centrar su atención en los indicadores con los que se mide y en el error de medida.
En el campo de la evaluación, John Eck (2006) escribió una defensa de los estudios de pocos casos con uno de los títulos más recordados de nuestra disciplina (“¿Cuándo es mejor un sándwich de mortadela que el sexo?”), en la que argumentaba que para muchas decisiones prácticas un estudio de caso bien hecho puede ser más útil que un gran experimento. Es un buen ejemplo de que la discusión no enfrenta solo a quienes cuentan y a quienes no cuentan.
Hay un aspecto del planteamiento de Goertz y Mahoney que nos interesa especialmente destacar. Su cultura “cualitativa” es una cultura que busca explicaciones causales, la de la política comparada y la sociología histórica, y los propios autores dejan fuera de su análisis la investigación interpretativa, que no se pregunta tanto por causas como por significados. Esto quiere decir que el mapa de las dos culturas no coincide con el de las dos almas del apartado anterior. La cultura cualitativa de Goertz y Mahoney está, en términos epistemológicos, bastante más cerca de la cuantitativa que de la etnografía de nuestra segunda investigadora. Si juntamos ambos mapas, lo que obtenemos es un campo atravesado por varias líneas de fractura, que no siempre coinciden entre sí: explicar o comprender, trabajar con muchos casos o con pocos, buscar los efectos de las causas o las causas de los efectos, generalizar o profundizar. Os lo contamos porque a menudo encontraréis que “cualitativo” se usa en los debates como si designara una sola cosa, y no es así.
2.3.3 Malentendidos y puentes
Una consecuencia de todo esto es que buena parte de las críticas que se cruzan las distintas culturas nacen de juzgar el trabajo ajeno con criterios propios. Quien viene de la cultura cuantitativa tiende a reprochar a un estudio de caso que sus conclusiones no son generalizables o que tiene “una n demasiado pequeña”. Quien viene de la cultura cualitativa o interpretativa tiende a reprochar al estudio estadístico que sus variables son una caricatura de los fenómenos que dicen medir o que un efecto medio no nos dice nada sobre ninguna persona concreta. Algunas de estas críticas son pertinentes y otras son simplemente una forma de decir “tú no haces lo que yo hago”. Aprender a distinguir unas de otras es una de las destrezas que más os pueden servir.
Hay también puentes. Uno de los ejemplos más conocidos en criminología es el trabajo de John Laub y Robert Sampson, que reconstruyeron las trayectorias delictivas de un grupo de jóvenes de Boston desde la adolescencia hasta los 70 años (Sampson y Laub 2003). Combinaron el análisis estadístico de esas trayectorias con entrevistas biográficas a una parte de los supervivientes, y fue esa combinación la que les permitió entender por qué algunos acontecimientos vitales, como el matrimonio, el empleo o el servicio militar, se asociaban al abandono del delito (Laub y Sampson 2003). Lo veíais ya en el capítulo 5 al hablar del desistimiento.
Estas discusiones tienen también una dimensión política que abordaremos en el capítulo 15, “Criminología y política”. Allí veremos cómo el movimiento de la política basada en la evidencia ha tendido a establecer jerarquías de la evidencia que colocan en la cúspide a los experimentos aleatorizados, y los debates que eso ha generado.
2.4 Las virtudes criminológicas
Hasta aquí hemos insistido en la pluralidad. Hay muchas formas legítimas de investigar la prisión y el resto de los temas de la criminología, y creemos que el campo sale ganando con esa diversidad. Pero eso no quiere decir que todo valga. Hay investigación mejor y peor dentro de cada tradición, y hay ciertas disposiciones que, a nuestro juicio, deberían compartir todas las personas que investigan, con independencia de su posición epistemológica o de la cultura de investigación en la que se hayan formado.
La idea de que la ciencia descansa en algo más que en técnicas tiene una larga historia. El sociólogo Robert Merton (1942) describió a mediados del siglo XX las normas que, a su juicio, regulaban la institución científica: el carácter común de los resultados, que pertenecen a la comunidad y no a quien los produce; el universalismo, según el cual las afirmaciones se juzgan con criterios impersonales y no por quién las hace; el desinterés, y el escepticismo organizado. Más recientemente, una corriente de la filosofía conocida como epistemología de las virtudes ha propuesto pensar el buen conocimiento desde los rasgos de carácter de quien conoce, como la apertura de mente, la perseverancia, la humildad o la valentía intelectuales (Zagzebski 1996; Roberts y Wood 2007). Y las historiadoras de la ciencia Lorraine Daston y Peter Galison (2007) han mostrado que lo que las comunidades científicas consideran virtudes epistémicas ha cambiado a lo largo de la historia.
En el capítulo 15 veremos las virtudes que Ian Loader y Richard Sparks reclaman para una criminología que participa en el debate democrático, y allí recordamos también la advertencia del físico Richard Feynman sobre la facilidad con la que nos engañamos a nosotras mismas. Feynman pronunció esa advertencia en una conferencia de 1974 sobre lo que llamó ciencia de culto al cargo (Feynman 1974), es decir, investigación que imita las formas externas de la ciencia sin su sustancia. Tomaba el nombre de los habitantes de algunas islas del Pacífico que, tras la Segunda Guerra Mundial, construían pistas de aterrizaje y torres de control de madera con la esperanza de que volvieran los aviones cargados de mercancías. Lo que Feynman echaba en falta en esa ciencia de imitación era una forma de integridad que no se aprende en ningún manual de métodos. Aquí queremos ampliar un poco ese foco y proponeros seis virtudes que nos parecen especialmente importantes en criminología. No es una lista cerrada y seguramente vosotras añadiréis otras.
2.4.1 Curiosidad
La primera virtud es la que nos trae a la investigación. La curiosidad es la disposición a hacerse preguntas, incluidas las que nadie ha encargado y las que ponen en cuestión el propio marco en el que se formula el problema. Charles Wright Mills (1959) hablaba de la imaginación sociológica como la capacidad de conectar los problemas personales con las estructuras sociales y la historia, y Jock Young (2011) reclamaba una imaginación criminológica frente a la rutina de una investigación cada vez más estandarizada. En nuestro ejemplo, la curiosidad es lo que lleva a preguntar por qué casi todos los estudios sobre si la prisión “funciona” miden únicamente la reincidencia, y no, por ejemplo, sus efectos en los hijos e hijas de las personas presas o en los barrios de los que proceden.
La curiosidad tiene enemigos concretos. Uno es la financiación, que tiende a orientar la investigación hacia los problemas que preocupan a quien paga, como veíamos en el capítulo 1 con Loader y Sparks (2012). Otro es la propia carrera académica, que premia publicar mucho y rápido sobre temas y con métodos ya consolidados. Cultivar la curiosidad exige a veces algo de tiempo perdido.
2.4.2 Rigor
El rigor es probablemente la virtud que más asociamos con la ciencia. Tiene que ver con la precisión en la definición de los conceptos y en su medición, con la adecuación del diseño a la pregunta, con el cuidado en el tratamiento de los datos y con la disposición a buscar activamente aquello que podría desmentir nuestras conclusiones. Es una virtud de todas las tradiciones: hay etnografías rigurosas y etnografías descuidadas, igual que hay análisis estadísticos rigurosos y descuidados.
La falta de rigor puede tener consecuencias graves. En 2019 y 2020 se retractaron varios artículos del criminólogo estadounidense Eric Stewart, publicados en algunas de las principales revistas del campo, después de que uno de sus coautores, Justin Pickett, detectara anomalías en los datos. Pickett (2020) publicó después un análisis detallado del caso que es muy instructivo sobre cómo los problemas pueden pasar inadvertidos durante años en revistas con revisión por pares. Un ejemplo distinto, y menos dramático, es el de un influyente estudio de John Donohue y Steven Levitt (2001) que atribuía una parte importante del descenso del delito en Estados Unidos a la legalización del aborto. Dos economistas, Christopher Foote y Christopher Goetz (2008), encontraron un error de programación en uno de sus análisis que, una vez corregido junto con otros ajustes, reducía de forma considerable el efecto estimado. Donohue y Levitt respondieron y el debate sustantivo continuó, pero el episodio muestra hasta qué punto el rigor depende de detalles poco vistosos.
2.4.3 Humildad
La humildad intelectual es la conciencia de que nuestro conocimiento es siempre provisional y de que podemos estar equivocadas. La historia de la criminología ofrece muchos motivos para cultivarla. En 1974, el sociólogo Robert Martinson publicó una revisión de los estudios de evaluación de los programas de rehabilitación en prisión que fue leída como una demostración de que “nada funciona” (Martinson 1974), y a la que suele atribuirse un papel importante en legitimar el abandono del ideal rehabilitador y el giro punitivo que estudiaréis en el capítulo 8. Cinco años después el propio Martinson (1979) publicó un trabajo en el que, a la vista de nuevos datos, matizaba de forma importante sus conclusiones y reconocía que algunos programas sí tenían efectos. Esa rectificación tuvo mucha menos repercusión que el texto original.
Otro ejemplo muy citado es el del programa Cambridge-Somerville, puesto en marcha en Massachusetts a finales de los años treinta para prevenir la delincuencia juvenil mediante el acompañamiento de jóvenes en riesgo. Estaba bien intencionado y contaba con un diseño experimental. Cuando Joan McCord (1978) localizó a los participantes treinta años después, encontró que quienes habían recibido el programa presentaban peores resultados que el grupo de control en varios indicadores. La revisión sistemática de Anthony Petrosino y sus colegas (2010) sobre el procesamiento formal de menores en el sistema de justicia juvenil, que sugiere que aumenta la delincuencia posterior en lugar de reducirla, apunta en una dirección parecida. Las buenas intenciones no garantizan buenos resultados, y a veces las intervenciones hacen daño.
La humildad tiene también una vertiente política, a la que Loader y Sparks prestan mucha atención y que veremos en el capítulo 15: la evidencia criminológica puede informar las decisiones públicas, pero rara vez basta para resolver los conflictos de valores que hay detrás de ellas.
2.4.4 Empatía
La empatía es la capacidad de ponerse en el lugar de otras personas y de comprender su experiencia desde su propio punto de vista. Tiene mucho que ver con la comprensión weberiana y con la apreciación de Matza de las que hablábamos más arriba, pero no es solo una virtud de quienes hacen investigación cualitativa. También la necesita quien diseña una encuesta de victimización, si quiere que sus preguntas tengan sentido para quienes van a contestarlas, o quien interpreta un coeficiente, si quiere acordarse de que detrás de cada dato hay personas.
En criminología la empatía es especialmente exigente porque nos pide ponernos en el lugar de personas muy distintas: de quienes cometen delitos, de sus víctimas, del funcionariado de prisiones o de los agentes de policía, de las familias de todos ellos. Y nos pide hacerlo también con las colegas que defienden posiciones teóricas o políticas opuestas a las nuestras, cuyos argumentos deberíamos ser capaces de reconstruir en su mejor versión antes de criticarlos. Howard Becker (1967) planteó que es imposible investigar sin tomar partido, y en el capítulo 15 veremos las consecuencias que extrae de ello. Aquí nos basta con subrayar que la empatía nos ayuda a no reproducir sin darnos cuenta la injusticia epistémica de la que hablaba Fricker (2007), concediendo credibilidad automática a unos testimonios y negándosela a otros.
Hay que hacer una aclaración. Comprender no es justificar. Entender cómo vive una persona condenada por violencia de género su propia conducta, o cómo razona un funcionario que maltrata a un interno, no implica compartir sus razones. La empatía, además, tiene una dimensión ética muy concreta en el trato con las personas que participan en nuestras investigaciones, a menudo en situaciones de gran vulnerabilidad, que exige cuidar su consentimiento y su intimidad.
2.4.5 Transparencia
La transparencia consiste en dejar que otras personas puedan ver cómo hemos llegado a nuestras conclusiones, para que puedan comprobarlas o replicarlas. Es lo que convierte el escepticismo organizado de Merton en una práctica real.
En los últimos años se ha desarrollado en las ciencias sociales, y también en criminología, el movimiento de la ciencia abierta, que promueve prácticas como el prerregistro de las hipótesis y los análisis antes de recoger los datos, la publicación de los datos y del código utilizado, o el acceso abierto a las publicaciones. Una encuesta a criminólogas que publican investigación cuantitativa encontró que una proporción considerable reconocía haber recurrido alguna vez a prácticas de investigación cuestionables, como no informar de todos los resultados obtenidos o presentar como previstas hipótesis formuladas después de ver los datos (Chin et al. 2023). William Pridemore y sus colegas (2018) han llamado la atención, además, sobre lo poco que se replican los estudios en nuestro campo. El caso de Foote y Goetz que citábamos antes fue posible, precisamente, porque los datos del estudio original estaban disponibles.
La transparencia es más difícil, pero no menos necesaria, en la investigación cualitativa. El libro On the Run de la socióloga Alice Goffman (2014), una etnografía sobre jóvenes afroamericanos perseguidos por la justicia en un barrio de Filadelfia, recibió muchos elogios y también críticas muy duras. El jurista Steven Lubet (2018) cuestionó la verosimilitud de algunos episodios del libro, y la destrucción de las notas de campo, que la autora justificó por la necesidad de proteger a sus informantes, hizo imposible comprobarlos. El caso ilustra bien la tensión entre dos obligaciones legítimas, sobre la que volvemos al final de este apartado.
Finalmente, la transparencia se refiere también a los valores y a los intereses. Gunnar Myrdal (1969) defendía que la mejor forma de manejar los valores en la investigación social es hacer explícitas las premisas valorativas de las que se parte, una idea que desarrollaremos en el capítulo 15. Y deberíamos declarar siempre quién financia nuestra investigación y qué relación tenemos con las instituciones que estudiamos, algo especialmente relevante en un campo en el que buena parte de la financiación procede de los mismos organismos cuyo funcionamiento se investiga.
2.4.6 Valentía
La última virtud de nuestra lista es la valentía, entendida como la disposición a sostener conclusiones incómodas ante quienes tienen poder para hacérnoslo pagar. Esas presiones pueden venir de quien financia, de la administración que nos da acceso a sus datos o a sus centros, de los medios de comunicación, y también de nuestra propia comunidad académica y de nuestras afinidades políticas.
El ejemplo clásico lo encontramos en los orígenes del estudio de la delincuencia de cuello blanco. Cuando Edwin Sutherland (1949) publicó White Collar Crime, la editorial y las autoridades de su universidad, temerosas de posibles demandas, le obligaron a eliminar los nombres de las grandes empresas cuyas infracciones analizaba. La versión completa no se publicó hasta 1983, más de treinta años después de su muerte (Sutherland 1983). Lo veréis con más detalle en el capítulo 10.
La valentía no siempre tiene que ver con enfrentarse a los poderosos. A veces consiste en publicar resultados que contradicen lo que esperábamos o lo que desearía nuestro propio grupo. Una criminóloga convencida de que la prisión solo hace daño necesita cierta valentía para tomarse en serio un estudio como el de Bhuller y sus colegas, del mismo modo que una partidaria de la mano dura la necesita para tomarse en serio las revisiones que apuntan en sentido contrario.
2.4.7 Virtudes en tensión
Sería engañoso presentaros estas virtudes como una lista de comprobación que se cumple de una vez. En la práctica entran a menudo en conflicto entre sí. La empatía hacia las personas que investigamos puede llevarnos a interpretar los datos de la forma que más las favorece, y el rigor nos obliga a vigilar esa tentación. La transparencia sobre nuestros datos puede chocar con la obligación de proteger a participantes que nos han confiado información que les podría perjudicar, como mostraba el caso de Goffman. La valentía sin humildad puede convertirse en simple arrogancia, y la humildad sin valentía puede acabar en silencio.
No hay una fórmula para resolver estas tensiones, y esa es la razón por la que hemos preferido hablar de virtudes, que se cultivan con la práctica y se aprenden en buena medida viendo cómo las ejercen otras personas, en lugar de reglas que simplemente se aplican. Ese aprendizaje empieza ya en el grado, en la forma en que leéis un artículo o discutís con una compañera que piensa distinto.
2.5 Para seguir leyendo
- Para la discusión sobre las dos culturas, el libro de Gary Goertz y James Mahoney (2012) es sorprendentemente accesible para lo que suelen ser los textos de metodología.
- Para una defensa apasionada de la imaginación en criminología y una crítica de sus excesos cuantitativos, The Criminological Imagination de Jock Young (2011).
- Para ver cómo aborda la investigación cuantitativa más reciente la pregunta de si la prisión funciona, la revisión de Loeffler y Nagin (2022).
- Para la transparencia y la ciencia abierta en nuestro campo, el trabajo de Chin et al. (2023).